La visita de la banda surcoreana BTS a Palacio Nacional se presentó como un “intercambio cultural” impulsado por la Secretaría de Cultura del Gobierno Federal en México. No obstante, resultó inevitable pensar en una discusión incómoda: la incongruencia de un país donde parecía más sencillo abrir las puertas de su recinto político más importante a la banda de K-pop más famosa del planeta, que recibir a las madres buscadoras, mujeres que durante años han recorrido fosas, desiertos y carreteras en busca de sus hijos desaparecidos.

La discusión alcanzó tal dimensión que incluso el propio ARMY, (fandom de BTS), difundió comunicados en redes sociales para pedir que la visita no se politizara ni se utilizara para confrontaciones partidistas.

En medio de aquella discusión política y mediática, ocurrió algo que pasó casi desapercibido. Mientras el debate público se concentró en la visita oficial y la controversia alrededor de la recepción institucional, el contacto cultural más auténtico comenzó a construirse lejos del protocolo gubernamental. No nació desde un discurso diplomático ni desde la narrativa oficial del “intercambio cultural”, sino desde uno de los espacios más representativos de la cultura popular mexicana: la lucha libre.

Algunos integrantes de BTS asistieron a una función del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) y portaron máscaras de luchadores mexicanos: Jin utilizó la máscara de Máscara Dorada, Yoongi, eligió la de Titán, mientras que Jimin y Jungkook aparecieron con las máscaras de los Hermanos Calavera Jr. I y II. Inclusive el propio Jimin también fue visto en redes sociales con una máscara de Místico.

Durante la función, el luchador Místico salió al cuadrilátero con una chamarra de BTS. El gesto pareció pequeño, pero expresó algo fundamental: el reconocimiento mutuo entre dos fenómenos populares capaces de movilizar emociones colectivas.

Posteriormente, durante el primer concierto en el estadio GNP Seguros, la relación alcanzó otro nivel: Yoongi confesó ante miles de personas que se sorprendió al aparecer en las noticias por acudir a la lucha libre y reveló un dato inesperado: durante su adolescencia administró un club de fans de lucha libre profesional y admiró profundamente a Eddie Guerrero y Rey Mysterio, luchadores de origen mexicano.

Incluso cuando interpretaron “Hooligan”, los bailarines aparecieron con máscaras de luchadores mexicanos y Jin utilizó la misma chamarra que antes portó Místico. El símbolo quedó completo: la lucha libre mexicana había ingresado al universo visual del K-pop.

La lucha libre mexicana trasciende fronteras porque constituye mucho más que un espectáculo deportivo: representa un patrimonio cultural vivo que reune saberes, creencias, tradiciones, oficios, símbolos y la participación de distintos actores sociales, que a través de este espacio de representación trasmiten historia, identidad y memoria colectiva.

Quizá sin proponérselo, BTS mostró algo que las instituciones culturales olvidan: La cultura popular también construye identidad nacional. La lucha libre no pertenece solamente a las arenas, pertenece a la memoria colectiva y al patrimonio cultural de México y del mundo.

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