La mentira no es un accidente en la historia, desde las primeras formas de organización social, las falsedades han servido como herramientas de poder, cohesión y control. No se trata solo de engaños individuales, sino de construcciones colectivas que han dado forma a imperios, religiones y naciones enteras. Si bien, no existen verdades absolutas, la historia, siempre ha estado expuesta a la tensión entre lo que ocurrió y lo que se dice que ocurrió.

La llamada historia oficial no surge de forma neutral, se construye desde instituciones y círculos de poder controlados por grupos hegemónicos que deciden qué hechos merecen memoria y cuáles quedan relegados al olvido. El problema no radica únicamente en lo que se cuenta, sino en cómo se enseña: se promueve la repetición antes que la duda, la memorización antes que la crítica. La ausencia de cuestionamiento no solo empobrece el conocimiento histórico, también limita la capacidad de las sociedades para reconocer la causalidad de los hechos, las tensiones, repercusiones y transformaciones.

La mentira no se limita al ámbito de la historia ni permanece confinada a los grandes relatos del poder, se desplaza hacia la vida cotidiana y se encuentra en las relaciones humanas, donde los mismos mecanismos que operan en la construcción de versiones oficiales, (como la selección y omisión de información), aparecen en los vínculos personales. En ambos casos, la mentira ha cumplido funciones ambivalentes: Ha protegido vínculos, sostenido equilibrios, evitado conflictos y asegurado cierta estabilidad. No toda falsedad responde a una intención de dominio, a veces nace de la imposibilidad de enfrentar la verdad y sus consecuencias.

Sin embargo, esta continuidad revela un problema de fondo: la mentira, ya sea histórica o íntima, no actúa únicamente como un velo que encubre los hechos, sino como un dispositivo activo de producción de sentido. No se limita a distorsionar la realidad existente, sino que la reorganiza, la jerarquiza y la dota de coherencia según sus propios intereses.

Seguir la pista de la mentira, tanto en el plano íntimo como en el histórico, conduce a una constatación incómoda: nadie queda fuera de su circuito. La mentira no se impone sola, requiere cómplices cotidianos que la sostengan: Usted miente o le mienten, pero lo más inquietante es que, quizá, no puede o no quiere distinguir la diferencia. Creer sin cuestionar exige menos esfuerzo que confrontar lo incómodo, por eso, las falsedades más duraderas no se sienten como engaño.

Ante tal situación, el pensamiento crítico se vuelve una herramienta indispensable, y es aquí donde, una vez más, el oficio del historiador demuestra su plena relevancia, sabemos reconocer la mentira, ubicar quién la fábrica, entender los intereses que la sostienen y las condiciones que la hacen posible. Esa es nuestra fortaleza y también nuestra obligación confrontar la falsedad, cortar la continuidad del engaño y evitar que se perpetue como instrumento de dominación.

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