La historia de los hongos es también la historia de la relación entre las sociedades humanas y el mundo natural. Desde tiempos antiguos, distintas culturas han observado, recolectado y aprovechado estos organismos, al tiempo que les han atribuido significados propios de sus sistemas de conocimiento y creencias.
En México, agosto posee un nombre que parece juego de palabras, pero que encierra una tradición mucho más profunda: Hongosto. La expresión alude al momento del año en que las lluvias transforman los bosques y traen consigo la temporada de los hongos y de quienes saben encontrarlos.
Más que un alimento, los hongos forman parte de una compleja concepción simbólica del mundo, en la cual la naturaleza, las divinidades y los seres humanos mantienen vínculos constantes. Su importancia no reside únicamente en sus propiedades puesto que, su verdadero significado depende de su contexto de su aprovechamiento: una misma especie podía ser alimento, medicina o sustancia ritual según las circunstancias y el conocimiento de quien lo recolectaba.
En la medicina tradicional, algunas especies forman parte de remedios y prácticas medicinales. Además, algunas sociedades indígenas poseen la creencia de que podían constituir un punto de contacto entre el mundo humano y otras dimensiones de la existencia. Su consumo ritual no buscaba solamente producir una alteración de los sentidos, dentro de determinados contextos ceremoniales, permitía establecer contacto con aquello que escapaba a la experiencia cotidiana: las divinidades, los antepasados, los espíritus y las fuerzas que regían la naturaleza.
Los hongos forman parte de la cultura gastronómica, de la medicina tradicional, de los conocimientos sobre el territorio y de las prácticas rituales de las comunidades que los aprovechan. Saber cuáles son comestibles, cuáles poseen propiedades medicinales y cuáles pueden resultar peligrosos requiere un conocimiento especializado, construido a través de generaciones y de relaciones particulares con el territorio.
El aprovechamiento de los hongos constituye parte del patrimonio biocultural de México, pues alrededor de ellos se han desarrollado conocimientos diversos sobre su identificación, recolección, preparación, propiedades y usos, transmitidos a lo largo del tiempo.
Sin embargo, este patrimonio enfrenta diversos riesgos: la transformación y pérdida de los ecosistemas, la disminución de los espacios de recolección, el cambio climático y la pérdida de los conocimientos tradicionales pueden afectar tanto a las especies como a las prácticas culturales asociadas con ellas. Conservar los hongos implica, por ello, proteger no solo su diversidad biológica, sino también los saberes, prácticas y formas de relación con el territorio que las comunidades han construido en torno a ellos.
Hongosto nos recuerda que los hongos son mucho más que una presencia estacional, son parte de una relación histórica entre las sociedades, los ecosistemas y los saberes que de ellos se desprenden.
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