Cuando una protesta estudiantil rompe una valla, interrumpe un acto público o altera el orden previsto, resulta sencillo concentrar la mirada en el momento de tensión. Mucho más difícil es preguntar qué historia existe detrás de quienes protestan. Eso ocurrió el pasado 13 de septiembre, cuando estudiantes de la Escuela Normal Rural Luis Villarreal, conocida popularmente como “El Mexe”, irrumpieron en el acto encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum en ciudad de Pachuca.

El Mexe nació en el contexto del México posrevolucionario. El 15 de noviembre de 1926 abrió sus puertas en una antigua hacienda del Valle del Mezquital como Escuela Central Agrícola. Su propósito respondía a uno de los grandes problemas nacionales: llevar educación y capacitación al campo y ofrecer oportunidades a los hijos de campesinos y trabajadores agrícolas. En 1933 se transformó en Escuela Regional Campesina y, desde 1941, quedó constituida como Escuela Normal Rural. Su historia forma parte de un proyecto educativo que entendió la labor docente, no sólo como transmisor de conocimientos, sino como un actor estrechamente vinculado con las comunidades.

Esa raíz explica buena parte de la identidad de las normales rurales. Sus internados permitieron que jóvenes de familias con recursos limitados accedieran a la formación profesional, mientras la convivencia colectiva favoreció formas propias de organización estudiantil. Por eso la historia de “El Mexe” también es una historia de movilizaciones, lucha, resistencia y dignidad.

En 2008 “El Mexe” dejó de funcionar después de 82 años de historia. Su recuperación se convirtió entonces en una demanda sostenida por egresados, estudiantes y organizaciones vinculadas al normalismo rural. El proceso de reapertura avanzó durante los años posteriores y en 2021 se reanudaron formalmente las clases con 124 estudiantes, aunque quedaron pendientes asuntos relacionados con las instalaciones, los terrenos y el internado. En julio de 2025 egresó la primera generación de la nueva etapa: 68 maestras y maestros recibieron sus títulos. El Mexe había regresado, pero la discusión sobre su recuperación total no terminó.

Por eso resulta insuficiente observar la protesta del pasado 13 de septiembre como un hecho aislado. Los estudiantes acudieron al acto presidencial con demandas concretas: la apertura total de su escuela, instalaciones dignas, un comedor funcional, la atención de asuntos relacionados con los terrenos y el cumplimiento de acuerdos previos. A esas exigencias se sumó una herida reciente: pedir justicia por José Antonio Salgado Aparicio, estudiante de 22 años cuyo cuerpo fue localizado sin vida el 7 de septiembre en el municipio de Francisco I. Madero.

Frente a una protesta de este tipo suele aparecer con rapidez la criminalización del estudiante: se habla del desorden, del “portazo”, de las vallas o de la interrupción, mientras las causas que originaron la movilización reciben menor atención.

La historia de “El Mexe” demuestra que educación y movilización social han caminado juntas desde hace décadas, quizá por eso, antes de condenar una protesta sólo por la incomodidad que provoca, conviene preguntarnos qué historia hizo necesaria esa voz.

“La historia de “El Mexe” también es una historia de movilizaciones, lucha, resistencia y dignidad” …

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