En México, el 21 de septiembre se celebra el Día Nacional de la Lucha Libre y del Luchador Profesional Mexicano. La fecha, representa mucho más que una efeméride deportiva, es el reconocimiento de una práctica que, a lo largo del siglo XX, trascendió el cuadrilátero hasta ocupar un lugar propio en la cultura popular, la memoria visual -colectiva, así como las formas mediante las se forja y representa la identidad.
Conocido como el más espectacular de los deportes y el más deportivo de los espectáculos, nació y permanece ligada a la cultura popular.
La lucha libre mexicana está viva, no pertenece únicamente al pasado ni a la nostalgia de las grandes figuras que construyeron su historia. Es una tradición que resiste frente a los cambios de la industria del entretenimiento y que conserva su fuerza como una de las expresiones más genuinas de la cultura popular mexicana.
La lucha libre es patrimonio cultural inmaterial porque se practica, se hereda, se reinventa y, sobre todo, porque sigue en resistencia. Su valor patrimonial reside precisamente en esa capacidad de transformarse sin perder su identidad, de transmitir saberes entre generaciones y de convertir el cuadrilátero en un espacio de memoria colectiva y transmisión de conocimientos.
Definir la lucha libre sólo como deporte resulta insuficiente. Es también ritual, memoria, tradición y conocimiento. En 2018 fue declarada Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México a través de una declaratoria que reconoció algo fundamental: los conocimientos, técnicas, símbolos y prácticas que convergen en ella, además de su carácter de transmisible, lo que permite entenderla como una tradición viva y no como una pieza inmóvil del pasado. Una tradición permanece mientras existen personas que la practican, comunidades que la reconocen y espacios donde los conocimientos pueden difundirse.
Sin embargo, cuando hablamos de la historia de la lucha libre, solemos concentrarnos en las grandes empresas, las arenas emblemáticas y los nombres consagrados. Esa historia resulta incompleta sin el escenario independiente. En pequeñas arenas, gimnasios, deportivos, ferias, plazas públicas y funciones locales existe otra parte fundamental de esta tradición.
La lucha independiente también representa resistencia cultural y laboral. Detrás de cada función existen promotores, réferis, entrenadores, fotógrafos, vendedores, diseñadores, anunciadores y familias enteras que participan de una economía construida alrededor del cuadrilátero. Asimismo, muchos luchadores recorren kilómetros, alternan este oficio con otros empleos y enfrentan condiciones económicas difíciles con tal de ocupar unos minutos sobre el ring. Reconocer la lucha libre como patrimonio exige también mirar a quienes sostienen su estructura desde abajo.
El público también forma parte de este patrimonio: Sin espectadores no existe lucha libre. Cada boleto, cada grito desde las gradas y cada visita a una arena contribuyen a mantener viva una tradición que necesita de su comunidad para sobrevivir.
La lucha libre mexicana está más viva que nunca, pero debemos asumir la responsabilidad de sostenerla, porque el patrimonio no sólo se hereda: también se defiende, se apoya y se mantiene vivo.
“La lucha libre es patrimonio cultural inmaterial porque se practica, se hereda, se reinventa y, sobre todo, porque sigue en resistencia” …
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