El futbol conserva una virtud que pocas cosas mantienen: nos une. Se juega en estadios, pero también en calles, patios y canchas de tierra. Por eso, cuando México vuelve a abrir un Mundial, la expectativa no puede ser menor. El país no presta solamente un estadio; tenemos historia, memoria y afición.

La ceremonia inaugural dejó una sensación de distancia. Tuvo producción, luces y nombres internacionales, pero careció de una narrativa propia. México apareció más como locación que como protagonista. Y eso pesa: el Estadio Azteca no es un foro cualquiera. Ahí jugaron Pelé y Maradona. Ahí generaciones aprendieron que el futbol también puede ser memoria colectiva.

No se trata de descalificar a ningún artista extranjero. El punto es otro. Si el arranque de un Mundial en México termina sostenido por una estética ajena y hasta por una canción con presencia italiana, algo revela la desconexión de la FIFA con los países sede. Pareciera que el territorio importa menos por su cultura que por su capacidad de mercado.

Ese es el fondo. La FIFA habla del futbol como fiesta del mundo, pero cada vez lo organiza más como operación financiera. En 2026 el Mundial se reparte entre México, Estados Unidos y Canadá. En 2030 el modelo volverá a cruzar países y continentes. En los hechos, significa ampliar mercados, multiplicar patrocinios, encarecer traslados y hacer de la experiencia un producto lejano.

La consecuencia es evidente: millones de personas que aman el futbol no podrán vivirlo en el estadio. No porque les falte pasión, sino porque les sobra realidad. Boletos caros, hospedajes imposibles, vuelos elevados, reventa y plataformas cierran la puerta a quienes hicieron grande este deporte. El pueblo sostiene la mística del futbol, pero el negocio decide quién puede entrar.

Por eso resultó tan incómodo el premio que la FIFA entregó a Donald Trump. Un reconocimiento de paz, en ese contexto, pareció más gesto político que acto deportivo. El futbol no necesita fabricar condecoraciones para quedar bien con el poder. Necesita respetar a la afición y no usar la cancha como escenario de conveniencias.

La FIFA, además, no puede hablar desde una superioridad moral que no tiene. Su historia reciente ha estado marcada por acusaciones de corrupción, lavado de dinero y negocios opacos. Eso no borra la belleza del juego, pero sí obliga a mirar con cuidado a quienes lo administran.

El Mundial debería ser una celebración popular, no una vitrina inaccesible. Debería reconocer a los países sede, no reducirlos a fondo de pantalla. Debería acercar el futbol a la gente, no empujarlo hacia zonas VIP, derechos exclusivos y pantallas de paga.

México merecía una inauguración con más identidad, por respeto a una historia futbolera y cultural propia. El futbol sigue siendo del pueblo, aunque algunos insistan en ponerle precio a todo. Y cuando la FIFA olvida eso, no solo encarece un boleto: empobrece el sentido mismo del juego.

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