Entre hilos, agujas y telas de distintos colores, Blanca Lidia y Graciela Gámez Hernández han construido una forma de vida alrededor del bordado artesanal. Originarias de Huejutla, las hermanas dedican su tiempo a elaborar blusas, vestidos, camisas, playeras y otras prendas que cobran vida con cada puntada hecha a mano.
Desde niñas aprendieron a bordar gracias a su madre, quien también se dedicaba a esta actividad y les transmitió los conocimientos que hoy representan su principal sustento.
Aunque conservaron las técnicas que aprendieron en casa, con los años incorporaron nuevas formas de trabajar las telas, como el uso de sellos y pintura, con lo que ampliaron la variedad de sus diseños.
Cada prenda tiene su propio tiempo
A simple vista, una blusa bordada puede parecer una prenda más, pero detrás de sus flores y figuras hay días de trabajo. Las hermanas explican que una pieza de este tipo puede tomarles hasta dos semanas, mientras que los vestidos requieren todavía más dedicación debido a la cantidad de detalles que incorporan.
Su jornada laboral gira alrededor de las agujas, pues aprovechan cualquier momento disponible para avanzar, incluso por las noches, pues necesitan tener suficientes prendas terminadas para ofrecerlas durante las temporadas de mayor actividad.

También elaboran servilletas con diferentes técnicas y puntadas, entre ellas el bordado en cuadrillé.
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Los precios de sus creaciones van de los 300 a los 500 pesos, dependiendo de la complejidad del diseño y el tiempo que requiere su elaboración.
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El reto de hacer valer lo hecho a mano
Aunque el bordado es una actividad que les permite mantener viva una tradición familiar, también implica sacrificios. Pasar tantas horas concentradas en las telas provoca cansancio, especialmente en la vista.
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A ello se suma otro desafío, el regateo; Blanca y Graciela lamentan que algunos compradores no dimensionen el esfuerzo que implica cada pieza y busquen reducir los precios sin considerar las horas de trabajo invertidas.
Para ambas preservar el bordado también significa transmitirlo, aunque sus hijos han seguido otros caminos profesionales, aprendieron el oficio y mantienen contacto con esta actividad. Además, algunos familiares que se dedican a la docencia comparten estos conocimientos con sus alumnos.
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