En las últimas décadas, la palabra patrimonio adquirió un prestigio casi incuestionable. Cuando un bien, una tradición o un objeto reciben el calificativo de patrimonial, pareciera que alcanzan una categoría superior que los coloca fuera de toda discusión. El patrimonio se presenta como algo valioso, digno de protección y representante de una identidad colectiva.
Sin embargo, la historia demuestra que el patrimonio nunca ha sido un terreno neutral; detrás de cada declaratoria, de cada monumento restaurado y de cada tradición exaltada existe una selección, alguien decide qué merece conservarse y qué puede quedar en el olvido. Esa decisión implica una legislación, relaciones de poder, intereses políticos y disputas culturales.
La patrimonialización consiste en lograr que un bien, cultural o natural, tangible o intangible, sea reconocido con la categoría de patrimonio, basado en su significado e importancia histórico-cultural. Sin embargo, este reconocimiento no surge de manera espontánea. Requiere mecanismos de legitimación que incluyen tanto instrumentos jurídicos, (como declaratorias, normativas, registros oficiales), como estrategias sociales, académicas y políticas destinadas a convencer a la sociedad de su valor excepcional. En este sentido, la patrimonialización no solo protege bienes culturales, también construye discursos de autoridad sobre qué elementos del pasado merecen conservarse, recordarse y transmitirse a las generaciones futuras.
No obstante, a lo largo del tiempo, gobiernos, instituciones culturales e incluso ciertos grupos intelectuales han recurrido a ella para legitimar preferencias personales, proyectos políticos o visiones particulares del pasado. En ocasiones, incluso se exageran acontecimientos, se magnifican personajes o se atribuyen orígenes legendarios a ciertos bienes culturales con el propósito de incrementar su valor simbólico.
Por otro lado, el patrimonio también puede convertirse en un medio para obtener recursos económicos. Las declaratorias patrimoniales suelen atraer financiamiento público, inversiones privadas, proyectos turísticos y reconocimiento institucional. Por ello, no resulta extraño que distintos grupos compitan por obtener dichas distinciones o que promuevan versiones particularmente espectaculares del pasado para captar atención, visitantes y recursos. El problema surge cuando la búsqueda de beneficios económicos o el prestigio académico desplaza el rigor histórico y transforma la memoria colectiva en una herramienta de mercadotecnia.
El historiador británico Eric Hobsbawm advirtió este fenómeno en su obra La invención de la tradición, donde advierte que muchas de las prácticas que se presentan como ancestrales son en realidad construcciones relativamente recientes que buscan legitimar instituciones, valores o relaciones de poder. Algo similar puede ocurrir con la patrimonialización: bajo el discurso de la conservación y la identidad, ciertos actores intentan fijar una versión única del pasado y convertirla en verdad oficial.
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