Cada gran evento internacional promete una postal impecable del país: Estadios relucientes, avenidas restauradas, turistas satisfechos y gobiernos orgullosos. Sin embargo, detrás de esa imagen aparece una práctica antigua que las autoridades presentan como modernización, seguridad o reordenamiento urbano: la limpieza social. El próximo Mundial revive una historia, cuya intención no consiste únicamente en embellecer espacios públicos, implica expulsar, ocultar o destruir aquello que contradice la imagen que los gobiernos desean exhibir ante el extranjero.
La historia urbana moderna conserva una constante: cuando una ciudad desea mostrarse al mundo, los sectores vulnerables pagan el costo. La limpieza social opera desde una lógica profundamente peligrosa: convierte las poblaciones vulnerables en obstáculos visuales. Habitantes y fauna callejera, trabajadoras sexuales, migrantes, artistas urbanos, pequeños comerciantes informales, etc. La limpieza social castiga cualquier presencia que rompa la narrativa de prosperidad y de orden; las autoridades lo transforman en contaminación estética.
Las autoridades justifican estas acciones mediante discursos sanitarios o de seguridad, aunque en realidad responden a una lógica visual: eliminar aquello que incomoda al visitante o resulta incómodo de ver. En consecuencia, aumentan desalojos, redadas, hostigamientos policiales y desplazamientos forzados hacia periferias invisibles.
La contradicción resulta evidente, los gobiernos y organismos internacionales hablan de inclusión, derechos humanos y desarrollo sostenible, mientras miles de personas pierden espacios de supervivencia cotidiana. El discurso oficial utiliza palabras como “recuperación”, “rescate” o “rehabilitación”, aunque detrás de esos términos aparece un proceso de expulsión social.
Existe también una dimensión estética profundamente violenta en estas políticas urbanas: ciertos cuerpos y ciertas formas de vida se consideran visualmente inadmisibles. La suciedad atribuida a la pobreza no proviene únicamente de la basura o del deterioro material, sino de la incomodidad simbólica que produce contemplar la desigualdad de frente. El hambre, los cuerpos agotados, la ropa desgastada y los animales abandonados recuerdan el fracaso de las promesas nacionales de bienestar.
El problema entonces, no radica en la existencia de la pobreza, sino en su visibilidad. Se construye una ciudad pensada para cámaras, visitantes e inversionistas, donde el dolor social debe permanecer oculto. Ese México fracturado, desigual y vulnerable no desaparece; únicamente queda expulsado de los espacios que el poder desea convertir en vitrina internacional.
El Mundial no debería convertirse en excusa para administrar la pobreza, una ciudad verdaderamente moderna no necesita ocultar a sus sectores vulnerables ni exterminar animales para recibir visitantes. La grandeza urbana no surge de banquetas impecables, paredes coloridas ni de fotografías turísticas, nace de la capacidad de garantizar dignidad, memoria y derechos para todos sus habitantes.
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