La muerte llegó a la Contraloría y encontró la casa puesta: flores para sus pasos, copal para el camino y un huapango para quitarse el frío. Traía su acostumbrada seriedad, pero entre tanta máscara, tanto verso y tanta carcajada, hasta la huesuda aflojo los hombros.

En los tres edificios del Complejo Hidalgo Honesto, el papel picado conversó con el viento, hubo catrinas, pirámides, panteones y caminos de cempasúchil; tapetes de aserrín bordados sobre el suelo, entre arcos floridos y figuras de papel, los pasillos se volvieron un recorrido por los pueblos de Hidalgo.

Detrás de aquella maravilla hubo manos, muchas manos; el sábado y el domingo, compañeras y compañeros acudieron voluntariamente a recortar, cargar, pegar y levantar altares, le regalaron horas de su descanso a una tradición que les toca el corazón. Cada detalle hablaba de paciencia: una flor acomodada, un mantel extendido, una fotografía colocada con el cuidado con que se acaricia un recuerdo.

Foto: Especial
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Siete altares reunieron las regiones representadas en esta celebración, nuestro personal viene de distintos rincones del estado y cada quien trajo algo más que adornos: trajo su pueblo. Sus sabores, sus leyendas, sus artesanías y la manera en que sus mayores les enseñaron a recibir a los muertos.

El Altiplano llegó convertido en hacienda pulquera, con pencas de maguey, acocotes y recipientes que evocaban el oficio del tlachiquero; y sí: había una burrita de verdad, allí estaba, recordándonos cuánto de nuestra historia campesina se transporta sobre cuatro patas, entre veredas, magueyales y jornadas de trabajo.

En otro espacio, los bordados de Tenango de Doria desplegaron animales, flores y colores que parecían guardar conversaciones antiguas. Los manteles bordados a mano, las canastas artesanales de Huasca y Zempoala, el pan de Atotonilco el Grande y los pastes de Mineral del Monte acercaron pueblos enteros a una misma mesa. Las fotografías recordaron a personajes que dejaron huella en sus comunidades.

Foto: Especial
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La Huasteca levantó su altar de siete niveles y trajo el espíritu del Xantolo. Xochicoatlán compartió sus arcos florales, sus frutos de temporada y la presencia del Chichiquilero: esa tradición de recorrer las calles con una campana para recibir o intercambiar ofrendas entre vecinos. Casi podía escucharse su llamado entre el humo del copal.

También estuvieron las raíces otomíes y toltecas, evocadas en estructuras que acercaban la memoria de antiguas construcciones. Un “Panteón de los Inspectores Ilustres” hizo sitio al recuerdo de quienes formaron parte de nuestra comunidad laboral. Hasta en la ausencia seguimos reconociendo a los compañeros.

¡Y qué mesa les pusieron! Tamales, zacahuil, mole, barbacoa, carnitas, atole, dulces y fruta. Pulque y carnavalito para las ofrendas; agua para la sed del viaje, entre cazuelas, jarros y canastas, Hidalgo desplegó su generosidad. Porque cuando se espera a los nuestros, siempre parece poco lo que se prepara.

Sonó el trío. Nuestras compañeras le cantaron a la muerte con una entrega que estremecía. Hubo huapangos, comparsas, versos y un ritual en náhuatl. El incienso envolvió los espacios y la limpia invitó a soltar las cargas del espíritu. El Mictlán encontró su representación entre aquellas creaciones, como una imagen del viaje hacia lo desconocido.

También nos descubrimos entre nosotros, quien comparte diariamente un expediente podía recitar; quien revisa documentos sabía bailar; otra compañera guardaba una voz que merecía escucharse; la camaradería creció mientras unos sostenían lo que otros amarraban. Cada altar llevó también esa ofrenda: tiempo compartido, confianza y ayuda mutua.

Periodistas reconocidas de Pachuca entregaron los reconocimientos a los mejores montajes. Había creatividad, conocimiento de las tradiciones y mucho arte para admirar.

Pero esta celebración tiene una cercanía que nos mueve especialmente. Frente al complejo se encuentra el depósito de la Procuraduría, donde también permanecen personas fallecidas cuya identidad no fue establecida o cuerpos no reclamados.

Desconocemos sus historias. Puede haber alguien buscándolas, una familia esperando noticias, una mesa donde su ausencia sigue doliendo. Al pensar en las ánimas solas, nuestras ofrendas adquieren otro sentido: ofrecer simbólicamente compañía a quienes todavía esperan recuperar su nombre y volver con los suyos.

Para ellas también hay luz

Los altares permanecerán durante el fin de semana y las familias y amistades de nuestros trabajadores podrán visitarlos. Verán cuánto amor cabe en unas manos que juntan flores y cuánta cultura vive en quienes diariamente sirven a Hidalgo.

Habrá quien pregunte por qué dedicar un centro de trabajo a estas expresiones. La respuesta está en cómo se hicieron: con participación voluntaria, trabajo de fin de semana y las responsabilidades atendidas. La colaboración que permitió levantar estas obras también nos acompaña al cumplir nuestras tareas.

Aquí hubo pasión, memoria y mucho arte. Hubo un pedacito de cada pueblo y un lugar para cada ausencia.

Y si alguna ánima pasa sin encontrar su puerta, ojalá vea el resplandor de estas ofrendas y se acerque.

Aquí tiene un lugar. Aquí hay quien la acompañe.

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