Hay una forma particularmente cruel de invisibilizar a una persona: ignorar su trabajo, despreciar su oficio y reducir su existencia, hasta que la tragedia obliga a reconocer que detrás de él había una vida. En la lucha libre mexicana, esta contradicción resulta dolorosamente familiar, durante años, el gremio ha enfrentado prejuicios, burlas y desdén, sin embargo, cuando ocurre una desgracia, aparecen el interés repentino en una profesión que antes parecía no merecer atención.

La muerte de Gerardo Germán Pineda, conocido como “El Búho”, réferi con una larga trayectoria en los cuadriláteros hidalguenses, expuso esta contradicción. Su fallecimiento durante una función en Mineral de la Reforma conmocionó al gremio y a la afición. De pronto, la lucha libre ocupó espacios informativos que rara vez le conceden una cobertura sostenida.

¿Por qué la tragedia parece una condición necesaria para que este oficio merezca reconocimiento?

En México, sobrevive una mirada clasista que reduce la lucha libre a una actividad menor, una representación de entretenimiento destinado a públicos considerados poco sofisticados. Esa percepción ignora la preparación física, la disciplina, la técnica, la coordinación y el conocimiento que exige cada combate. También desconoce su valor histórico como patrimonio cultural y símbolo de identidad.

Investigar una desgracia, buscar testimonios, documentar los hechos para explotar el impacto emocional y convertir el dolor en una narración de consumo inmediato, no significa comprender una realidad.

Resulta deleznable que la trayectoria de una persona adquiera relevancia masiva cuando ya no puede continuar su oficio, que entonces sí importen sus años de trabajo, su historia personal, su familia y sus sacrificios; que sólo en este contexto se revisen sus antecedentes y se examine el entorno profesional que antes recibió escasa atención. ¿Dónde estaba ese interés cuando aún era posible escuchar su voz, reconocer su experiencia y documentar su legado?

El nombre del “Búho” no debe asociarse a una noticia trágica. Su muerte y su legado deben conducir a una reflexión que trascienda el morbo y alcance las condiciones estructurales que enfrenta el gremio. Porque los actores sociales de la lucha libre no son accesorios de un espectáculo, son personas que sostienen una tradición cultural mediante su cuerpo, su conocimiento y su trabajo.

La lucha libre no necesita una desgracia para despertar el interés colectivo y sus protagonistas no necesitan desaparecer, para que alguien los considere dignos de contar su historia.

Me había resistido a escribir sobre este tema porque no quería que mi voz se sumara a la coyuntura: aprovechar una desgracia para colocar bajo los reflectores un asunto que merece atención permanente. Sin embargo, el silencio también puede convertirse en una forma de complicidad cuando hace falta cuestionar las prácticas que reducen la vida de las personas a una noticia pasajera.

Desde este espacio se ha defendido siempre la lucha libre como patrimonio cultural y como territorio de dignidad para quienes la hacen posible. Se hizo antes de la tragedia y seguirá haciéndose después de que el tema desaparezca de los titulares.

¡La lucha libre merece respeto y sus protagonistas merecen ser escuchados en vida, no descubiertos por la desgracia!

“La lucha libre no necesita una desgracia para despertar el interés colectivo y sus protagonistas tampoco necesitan desaparecer para que alguien los considere dignos de contar su historia” …

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