Este 31 de mayo, México salió a las plazas para celebrar el triunfo de la presidenta Claudia Sheinbaum y dejar claro un mensaje que no admite vueltas: la soberanía nacional se defiende. En Hidalgo, 15 mil personas se reunieron en Plaza Juárez, encabezadas por el gobernador Julio Menchaca; en el país, otras decenas de miles hicieron lo propio. No fue un acto menor. Fue una señal política.

La soberanía no se entiende desde frases hechas. Se entiende cuando un Estado decide por sí mismo, cuando no acepta que desde fuera le quieran marcar agenda y cuando su pueblo acompaña esa definición. México puede dialogar con todos, comerciar, construir acuerdos y mantener relaciones maduras con el mundo. Pero dialogar no es obedecer. Cooperar no es entregar la casa.

La historia mexicana explica por qué este tema toca fibras profundas. En 1847, la invasión estadounidense nos arrebató más de la mitad del territorio nacional. Esa herida no debe usarse para vivir del agravio, pero tampoco para cultivar el olvido. Un país sin memoria negocia mal y se defiende peor.

Luego vino la Intervención Francesa. Un imperio quiso imponerse sobre la voluntad de los mexicanos. Benito Juárez resistió con poco, salvo lo indispensable: la ley, la legitimidad y una terquedad republicana que todavía nos sirve. La República sobrevivió porque hubo quienes entendieron que México no podía gobernarse por instrucciones ajenas.

En 1938, Lázaro Cárdenas volvió a tocar esa fibra nacional con la expropiación petrolera. No fue sólo una decisión económica; fue afirmar que los recursos del país debían servir primero al país. La gente respondió con monedas, joyas, animales, lo que tenía. Aquello explicó mejor la soberanía que cualquier definición de escritorio.

Cada tiempo tiene sus formas de injerencia. Antes llegaban con ejércitos, coronas o tratados impuestos. Hoy pueden llegar como presión comercial, amenaza arancelaria, condicionamiento diplomático, campaña mediática o intento de influir en decisiones internas. Cambian los métodos; la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién decide sobre México?

Por eso importa que la presidenta Claudia Sheinbaum haya puesto este tema en el centro. Defender la soberanía no es pelear por pelear. Es tener serenidad para negociar, inteligencia para construir acuerdos y carácter para no ceder lo que no debe cederse.

Desde Hidalgo, el gobernador Julio Menchaca acompañó esa definición. Plaza Juárez no fue escenografía. Fue punto de encuentro entre gobierno y ciudadanía, entre historia y presente. Ahí se recordó que la defensa de México se sostiene desde los estados, municipios y la gente; el pueblo de México.

Este 31 de mayo de 2026 queda una postal: un país que conoce su historia no permite que otros le escriban el futuro. México dialoga, coopera y construye; pero sólo debe obedecer a su Constitución, a su pueblo y a su dignidad.

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