La verdadera lógica de nuestra identidad, la semana pasada me metí en un problema, escribí que el pachuco era de Pachuca; que antes de Tin Tan, antes del zoot suit, antes de El Paso y de aquella explicación repetida hasta el cansancio de que “pachuco” nació de la expresión “pa’l Chuco”, ya existían en estas tierras mineros pobres, bailadores, conquistadores y presumidos que se ponían los pantalones, sacos y zapatos que dejaban los ingleses.Y gustó, pero como suele suceder cuando uno mueve tantito el polvo de la historia, debajo aparece otra veta y ésta es todavía más peligrosa, porque ahora voy más lejos: ¿Y si el pachuco existió antes que Pachuca?

La historia de los pueblos padece un mal endémico: casi nunca la escriben quienes sostienen el pico, la pala y el marro, la escriben quienes tienen escritorio, pluma y, muchas veces, el respaldo del poder en turno para decidir qué versión del pasado resulta suficientemente elegante para convertirse en historia oficial.

A los de abajo les toca trabajar, a los de arriba, explicar siglos después qué quisieron decir; por décadas se repiten diferentes teorías sobre el origen de la palabra Pachuca. Que si proviene del náhuatl Pachoa. Que si significa “lugar estrecho”. Que si “cañada angosta”. Que si alguna raíz otomí. Que si el viento.

Puede ser, no soy filólogo y no pretendo convertirme en uno a estas alturas de la vida, pero soy de La Palma y quienes crecimos en los barrios mineros aprendimos otra forma de entender la historia: siguiendo la lógica del trabajo, escuchamos las palabras de la gente y vimos cómo los oficios bautizan herramientas, calles, barrios y hasta pueblos enteros.La historia nos lleva al rumbo de San Francisco y a la emblemática Hacienda de Loreto, uno de los grandes centros de beneficio del mineral de este distrito.

Las minas estaban arriba, la molienda, abajo. Real del Monte tenía las vetas, pero la geografía obligaba a transportar enormes cantidades de mineral hacia lugares donde pudiera triturarse y beneficiarse a mayor escala; una cosa era sacar la piedra y otra convertir la piedra en pachocha, sí, pachocha, dinero, lana, feria, billete; una palabra que todavía usamos en el barrio cuando alguien trae los bolsillos llenos, pero antes de la pachocha estaba la molienda.

La piedra tenía que ser quebrada, triturada, machacada y convertida en material fino para continuar el proceso de beneficio. Y en el lenguaje de los trabajadores, según esta vieja versión minera que merece ser investigada con mucha mayor profundidad, aparece una palabra extraordinaria: la pachoca.

La piedra molida, el material aplastado, la masa mineral lista para continuar su transformación y entonces viene la pregunta que incomoda. Si existía la pachoca… ¿quiénes hacían la pachoca?

Los pachucos, así de simple, así de barrio, así de minero, porque los trabajadores nunca necesitaron una academia de la lengua para bautizar su oficio, el que trabaja la pachoca… Pachuco.

Y alrededor de aquella gigantesca actividad minera comenzó a crecer el pueblo, abajo estaban las haciendas, los talleres, las oficinas, los almacenes y las casonas de quienes administraban la riqueza, arriba vivían los trabajadores, los pachucos, los mineros, los de abajo, que paradójicamente siempre terminaban viviendo arriba.

Subieron por los cerros porque la tierra buena y plana tenía dueño, levantaron sus casas donde pudieron, se acomodaron entre barrancas, caminos y tiros de mina y construyeron esa geografía urbana maravillosa y desordenada que todavía distingue a nuestra ciudad.

Y basta mirar los nombres: El Arbolito, La Palma, El Atorón, San Clemente, Españita, Camelia, El Bordo, San Juan, nombres sencillos, nombres de pueblo, nombres puestos por gente que no necesitaba consultar a un historiador para saber dónde vivía.

Yo soy de La Palma y cuando uno es de La Palma entiende perfectamente cómo nacen esos nombres, no llegan mediante decreto, nadie reúne a una comisión de expertos.Un día alguien dice: “voy pa’ La Palma” y todos entienden, después lo dice el de la tienda, luego el de la mina, después el chofer, al rato lo repite todo el barrio y cien años después llega un académico a explicarnos por qué se llama La Palma.

Por eso mi teoría es sencilla, tal vez este territorio pudo llamarse Real de Loreto, llevar el nombre de alguna compañía minera, pudo llamarse La Maestranza, adoptar el apellido de algún empresario, gobernante o poderoso, pero no, le ganó la gente, los trabajadores, le ganaron los pachucos.

Porque cuando alguien preguntaba hacia dónde iba aquel camino: Pa’ donde están los pachucos, al lugar de la pachoca, al lugar donde se produce la pachocha. A Pachuca.No afirmo que ésta sea una verdad definitiva. Para eso están los archivos, los lingüistas, los historiadores y quienes quieran meterse de verdad a escarbar esta veta.Pero tampoco acepto que las historias populares deban descartarse simplemente porque no fueron escritas por los poderosos, porque conservan algo de la tierra donde nacieron, por eso defiendo al pachuco de Pachuca, primero fue trabajador, después fue minero elegante, luego bailador, más tarde migrante.

Llegó a Ciudad Juárez, a El Paso, a Los Ángeles y finalmente apareció en una pantalla de cine convertido en Germán Valdés, Tin Tan, para conquistar a todo México, pero antes de todo eso, quizá ya caminaba por estos cerros, ya bajaba de El Arbolito, ya subía por La Palma, ya cargaba mineral, ya producía pachoca.

El pachuco nunca fue solamente una forma de vestir, fue una actitud, la del pobre que se pone un saco grande y camina como si fuera dueño de la mina, la del trabajador que pasa toda la semana bajo tierra y el domingo sale a conquistar el mundo.La del hombre que no tiene dinero, pero tiene barrio, que no tiene apellido inglés, pero tiene orgullo, que no tiene traje a la medida, pero le sobra porte.¿Quién tiene derecho a contar la historia de una ciudad? ¿Los que la gobernaron?¿Los que fueron dueños de las minas? ¿Los que escribieron los libros?¿O también aquellos miles de hombres anónimos que sacaron la plata, molieron la piedra, poblaron los cerros y bautizaron cada rincón con las palabras que utilizaban todos los días?Yo me quedo con estos últimos, con los de abajo, con los mineros, con los pachucos y mientras alguien no encuentre una prueba definitiva que cierre para siempre esta discusión, seguiré defendiendo esta veta de nuestra historia.

Porque quizá Pachuca no le dio su nombre al pachuco, quizá fueron los pachucos quienes le dieron su nombre a Pachuca.

Y si algún historiador se enoja… que suba a La Palma y lo platicamos, aquí todavía sabemos que para encontrar una buena veta hay que dejar el escritorio, agarrar el pico y empezar a escarbar.

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