La charrería comienza mucho antes de que un caballo pise el ruedo.

Está en las manos que preparan una montura, en quien aprende a colocar correctamente el sombrero, en las horas dedicadas a practicar una suerte y sobre todo en los niños que observan a sus padres y abuelos para descubrir cómo se hace.

Porque en la charrería casi nada se aprende de un día para otro, buena parte de sus conocimientos pasan de generación en generación, acompañados de historias, herramientas y costumbres que terminan formando parte de la vida familiar.

De las faenas al ruedo

Aunque hoy se reconoce como una disciplina deportiva y una de las expresiones más representativas de la cultura mexicana, sus raíces están en el trabajo del campo.

Desde la época virreinal, las actividades ganaderas hicieron necesario que hombres y mujeres desarrollaran habilidades para montar, manejar el ganado y realizar distintas labores a caballo. Con el paso del tiempo aquellas destrezas dejaron de ser solamente herramientas de trabajo y comenzaron a convertirse en las suertes que hoy forman parte de una charreada.

Hidalgo ocupa un lugar especial en esa historia al ser considerado la cuna de la charrería.

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De las faenas al ruedo | Foto: Wikimedia Commons
De las faenas al ruedo | Foto: Wikimedia Commons

La tradición también cruzó las fronteras de México. En 2016, la UNESCO incorporó a la charrería en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, no solamente por las competencias, sino por todo lo que existe detrás de ellas; los conocimientos transmitidos entre generaciones, la convivencia comunitaria y los oficios relacionados con la elaboración de la indumentaria y el equipo ecuestre.

Una montura también guarda historias

Quien observa una charreada puede quedarse con la imagen de un jinete ejecutando una suerte en cuestión de segundos, pero ese momento es apenas el resultado de un proceso mucho más largo.

Hay que conocer al caballo, practicar hasta dominar los movimientos y aprender a reaccionar ante aquello que no siempre puede preverse. Cada animal tiene su propio temperamento y ninguna ejecución es exactamente igual a otra.

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Una montura también guarda historias | Foto: Pexels
Una montura también guarda historias | Foto: Pexels

Por eso la disciplina exige preparación, precisión y resistencia, pero también confianza. La seguridad que muestra un charro en el ruedo no aparece por casualidad, se construye con entrenamiento y con la experiencia de haber pasado tiempo junto al caballo.

Lo mismo ocurre con los objetos que acompañan la tradición.

El sombrero, las espuelas, la botonadura, los bordados y las monturas tienen sus propios códigos y detrás de ellos existen artesanos especializados. Algunas monturas terminan convirtiéndose en piezas familiares que sobreviven durante años, marcadas por el uso y en ocasiones heredadas de padres a hijos.

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Una montura también guarda historias | Foto: Pexels
Una montura también guarda historias | Foto: Pexels

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El caballo también forma parte de la herencia

La enseñanza comienza desde edades tempranas, niños y jóvenes se acercan a los caballos, aprenden a cuidarlos y poco a poco entienden que montar no consiste únicamente en subir al animal.

Existe una relación que se construye con el tiempo; conocer sus movimientos, entender su temperamento, alimentarlo, asearlo y aprender a confiar uno en el otro.

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Las mujeres también han ganado un espacio fundamental dentro de esta tradición mediante las escaramuzas, mientras las nuevas generaciones mantienen viva una práctica que ha cambiado con el paso de los siglos sin desprenderse de sus principales símbolos.

La charrería no permanece detenida en el pasado. Aquello que comenzó ligado a las faenas ganaderas se transformó en una disciplina organizada que hoy también se practica en escenarios urbanos.

Pero hay algo que permanece, ¡el caballo sigue en el centro! Las familias continúan reuniéndose alrededor del ruedo y los conocimientos siguen pasando de una generación a otra.

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El caballo también forma parte de la herencia | Foto: Pycryl
El caballo también forma parte de la herencia | Foto: Pycryl

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