Desde que tiene uso de razón, Carla Enciso ha vivido entre caballos. Originaria de Villa de Tezontepec, creció acompañando a su padre, dedicado a la charrería y competencias que terminaron formando parte de su historia.
Antes convertirse en escaramuza ya sabía lo que significaba estar cerca de un caballo, observarlo y aprender a manejarlo. A los 14 años se incorporó formalmente a un equipo, entonces descubrió que montar era apenas el principio.
“La dificultad ya está desde el momento en que uno se monta a un caballo”, explicó.
Un equipo de escaramuzas está integrado por ocho mujeres y ocho caballos que deben desplazarse como uno solo. Carla compara la disciplina con un ballet ecuestre pues hay cambios de mano, velocidad y giros que requieren precisión, pero sobre todo sincronía.
Si una integrante disminuye la velocidad, la que viene detrás debe responder de la misma manera. Un movimiento individual puede modificar el trabajo de todo el equipo.
Por eso, detrás de cada presentación existen horas de entrenamiento para conocer al caballo, aprender a interpretar sus movimientos y conseguir que responda a las indicaciones de quien lo monta.
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Caballos que dejan huella
Carla prefiere los equinos energéticos, capaces de responder rápidamente a los cambios de dirección y velocidad. Actualmente monta a Cayetana, una yegua que le regaló su padre y con la que realiza ejercicios de cala y escaramuza.
Pero hay un caballo que ocupa un lugar especial en su memoria, Faraón. El ejemplar retinto llegó a su vida cuando recibió la invitación para integrarse al equipo Flor de San Juan, de Tolcayuca; Carla preguntó a su padre qué caballo podía utilizar y él le sugirió probar con este gran equino.
Lo eligió y con el tiempo se convirtió en uno de sus grandes compañeros.
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Faraón era energético, alegre y tranquilo cuando ella lo montaba. Con él llegó a un nacional en Aguascalientes, una de las experiencias más importantes de su trayectoria.
Hace pocos días Carla recibió la noticia de que Faraón había muerto, un problema en el estómago se complicó y, pese a que fue llevado a un hospital, el caballo no sobrevivió. Al recordarlo, la emoción aparece de inmediato.
“Me dan ganas de llorar porque tuve un caballo que marcó mucho mi vida”.
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Así se resume el vínculo que existe entre una escaramuza y su caballo. En la arena no son solamente un binomio deportivo, también comparten entrenamiento, confianza y una historia.
Una tradición que pasa de generación en generación
La charrería siempre estuvo cerca de Carla, su madre fue escaramuza cuando ella era pequeña, su hermana también participa y su padre ha estado ligado a los caballos durante años. Este año, Carla decidió no competir en la Gran Final del XXV Circuito Excelencia Charra 2026, aunque recibió invitaciones de diferentes equipos, prefirió dedicar su tiempo a entrenar a un grupo de niñas.
Las categorías comienzan desde las pequeñas de caballitos de palo, algunas de apenas tres o cuatro años, y continúan con Dientes de Leche, Infantil A, Infantil B, Juvenil y Libre.
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La hidalguense llevó a sus alumnas a un "nacionalito" y ahora concentra sus esfuerzos en enseñarles que detrás de una competencia existen práctica, disciplina y constancia.
Para Enciso, transmitir lo aprendido significa mantener viva una tradición que recibió de su familia y que ahora busca entregar a quienes vienen detrás.
Vestidos, identidad y orgullo
En la escaramuza, los caballos comparten protagonismo con los vestidos, sombreros, botas y bordados.
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Carla tiene alrededor de 15 vestidos y un espacio especial para guardarlos. Entre sus favoritos está uno de tenangos, aunque reconoce que el bordado lo hace particularmente pesado.
Prefiere el atuendo de Adelita porque puede jugar con colores, telas y bordados; el traje charro, en cambio, le parece más cómodo y elegante.

Un sombrero puede costar desde seis mil hasta 40 mil pesos o más. Los vestidos van aproximadamente de siete u ocho mil pesos hasta 20 mil o 25 mil, dependiendo de los materiales y bordados. A ello se agregan botas, accesorios y el mantenimiento de los caballos.
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“Cualquier actividad ecuestre es cara”, reconoció. Aun así, para ella el costo pasa a segundo plano cuando existe pasión.
Su camino la ha llevado desde las charreadas que observaba junto a su padre hasta los nacionales y el Circuito Excelencia Charra, del que ahora forma parte como la imagen de la celebración por sus 25 años.
Para Enciso, la escaramuza es deporte por la disciplina, vínculo por la relación con el caballo y tradición por aquello que se aprende en familia y después se transmite.
“Ser escaramuza significa mucho orgullo e identidad”…
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