Tengo la impresión de haber conocido a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano mucho mejor de lo que pudiera imaginar. Lo anterior, cruzando solo miradas, uno que otro gesto y quizá un lejano esbozo similar a una sonrisa.
Lo anterior se entiende porque en mi familia comencé a escuchar de él en 1987 poco antes de que compitiera para la presidencia de México un año después. En las charlas de sobremesa el hijo del general Lázaro Cárdenas tenía un lugar exclusivo.
No pude hacer demasiado en su primer intento por llegar a la presidencia porque todavía no tenía edad para votar. Pero en 1994 y 2000 me desbordé de entusiasmo en su campaña y lo acompañé en eventos, marchas, promoción y difusión de todo lo que tenía que ver con el recién creado PRD.
Mi obsesión – nuevamente alimentada por la familia –, vino acompañada de burlas y señalamientos en mi contexto más cercano. Mis amigos no podían entender como un señor adusto, sin carisma, de pocas palabras y figura tan rígida pudiera levantar tantas pasiones en algunos.
Aquella ilusión se mantuvo gracias a la necedad de un puñado de personas que estaban hechas para resistir todo. En Hidalgo, decía socarrón otro familiar, la delegación del PRD cabía en un vocho y sobraban tres lugares. Algo de cierto había en ello.
El tiempo nos ayudó, y más pronto de lo que hubiéramos pensado, el país calló en desgracia. En ese momento el PRD se apuntaló como opción verdadera de gobierno. Y no sólo eso, emergieron otros liderazgos que pudieron refrescar la lucha y marcar otra estrategia para quienes nos habíamos quedado rezagados con un discurso de eterna queja y victimización.
Esta historia ascendente, sin embargo, se vio desquebrajada cuando Cuauhtémoc Cárdenas se alejó poco a poco. Ya no teníamos su presencia como antes y sus reservas generaron inquietud. No sé cuales fueron sus motivos para tomar esa decisión, pero en 2018 cuando Morena gana la presidencia no sentí su generosidad.
Parco como de costumbre, evitó el entusiasmo del que sería el primer gobierno de izquierda en el país. De ahí en adelante, sus giros ideológicos fueron – al menos para mi – muy confusos. Alguna vez alguien lo calificó de miserable con Morena. Lo cierto es que en su última etapa de vida vio desde lejos y con desdén eso que él mismo había creado: una fuerza social capaz de competir por el poder y ganar elecciones.
Quizá la vida le cobró una factura, porque Porfirio Muñoz Ledo figura política que tenía su propio brillo, no pudo hacer nada con el liderazgo de Cuauhtémoc quien con frecuencia lo opacaba con su sola presencia. Años después, el propio Cárdenas no fue capaz de contrarrestar el carisma de López Obrador y decidió tomar distancia de aquel. Sabedor de que ese menosprecio hacía mucho daño a su figura y al movimiento de izquierda en México.
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