En Hidalgo existe una palabra que parece estar en todas partes: “Tuzo”. Está en marcas comerciales, en los nombres de establecimientos, equipos deportivos, campañas publicitarias, el transporte público y hasta en la identidad cotidiana de Pachuca. La tuza, forma parte de ese imaginario colectivo que permite reconocer una ciudad con apenas una palabra. Sin embargo, detrás de este contenido semántico, existe un animal real, con una historia mucho más antigua que cualquier club de futbol y con una importancia ecológica que pocas veces ocupa el centro de la conversación.
La tuza es un pequeño mamífero excavador de México, del genero los geómidos, (una familia de roedores adaptado a vivir bajo tierra), propio de diversos ecosistemas de México, en el que la historia hidalguense encontró una imagen para representar su relación con el subsuelo; sobre todo, al adquirir un significado particular en los territorios mineros, como Pachuca y Real del Monte, donde la vida social, económica y simbólica ha estado marcada durante siglos por la minería.
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No resulta difícil comprender el origen de la asociación: la tuza habita debajo de la tierra, construye galerías y transforma el paisaje mediante sus excavaciones. El minero, por su parte, que ingresaba al subsuelo para extraer minerales, hacia lo mismo; por ello, ambos personajes quedaron vinculados, (al menos en el imaginario popular), con ese mundo subterráneo que define buena parte de la historia hidalguense. De allí surgió una metáfora poderosa: el animal excavador subterráneo, convertido en representación de quienes hicieron de las entrañas de la tierra su espacio de trabajo
El patrimonio no está compuesto únicamente por documentos, monumentos, piezas arqueológicas o tradiciones, también comprende las relaciones históricas que las sociedades han construido con plantas, animales, paisajes y territorios; la tuza forma parte de esa memoria ambiental. Su presencia permite hablar, no sólo de su importancia biológica dentro de los ecosistemas, sino de los conocimientos, saberes y tradiciones asociados a su existencia.
Paradójicamente, mientras la imagen del “Tuzo” se reproduce con enorme facilidad, la existencia de la tuza enfrenta condiciones menos favorables. La transformación del suelo, el crecimiento urbano, la pérdida de hábitat, la fragmentación de los espacios naturales, la falta de planeación urbana, los ataques por fauna doméstica sin supervisión y la percepción de estos animales excavadores como plagas, pueden afectar sus poblaciones. A esto se suma un problema cultural: resulta sencillo proteger aquello que reconocemos como patrimonio, pero mucho más difícil valorar aquello que consideramos común.
La tuza no es un animal cualquiera, es parte del patrimonio biocultural de México y son un referente histórico-biológico para comprender la manera en que las comunidades han interpretado a los animales que comparten su espacio.Reconocer su valor y proteger los espacios donde habita es también preservar nuestro patrimonio, para que las futuras generaciones no conozcan a la tuza solo por el nombre de un equipo de futbol, sino por su presencia en el paisaje y su vinculación histórica con el territorio.
“El patrimonio no está compuesto únicamente por documentos, monumentos, piezas arqueológicas o tradiciones, también comprende las relaciones históricas que las sociedades han construido con plantas, animales, paisajes y territorios; la tuza forma parte de esa memoria ambiental”…
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