Juan Gabriel convirtió dos palabras en el título de una de sus canciones más recordadas: “No discutamos”. Dos palabras sencillas, pero con una enorme profundidad. Más allá de la historia que inspiró aquella composición, su mensaje parece escrito para los tiempos políticos que vivimos.
El proceso electoral ya comenzó. Los recorridos, las entrevistas, las declaraciones y los posicionamientos ocupan diariamente los espacios públicos y las redes sociales. Eso es precisamente lo que espera una democracia. Lo que no espera, ni merece, es que la competencia política se convierta en una competencia de agravios y ofensas.
No discutamos, no discutamos para destruir, debatamos para construir, porque una democracia sin debate se debilita, pero una democracia dominada por el insulto termina perdiendo su esencia.
La política nació para construir acuerdos entre quienes piensan diferente, cuando el insulto sustituye a los argumentos, la política pierde su razón de ser, cuando la descalificación desplaza a las propuestas, todos perdemos.
Aristóteles advertía que cualquiera puede enojarse, lo verdaderamente difícil es hacerlo con la persona correcta, en el momento oportuno, por la razón justa y de la manera adecuada.
Dos mil años después seguimos enfrentando el mismo desafío.
Basta observar el debate público de estos días para advertir que, para algunos actores políticos, el enojo dejó de ser una emoción para convertirse en una estrategia; la confrontación produce titulares inmediatos; las propuestas exigen trabajo. Denostar al adversario parece más sencillo que convencer al electorado.
Nada más equivocado, la política es demasiado importante para reducirla a una colección de agravios. Quien sustituye las propuestas por los insultos quizá gane una nota periodística, pero difícilmente ganará la confianza de su pueblo.
Existe una vieja práctica que reaparece en casi todas las contiendas: cuando escasean las propuestas, abundan los calificativos. Es más fácil etiquetar personas que debatir ideas; resulta más cómodo sembrar dudas sobre la honorabilidad de alguien que explicar cómo se resolverán los problemas de una comunidad.
No hay proyecto político que crezca al hacer más pequeño al adversario, el liderazgo no se demuestra al descalificar personas, sino al ofrecer soluciones, la estatura de un político no aumenta cuando intenta disminuir la de los demás; aumenta cuando logra elevar el nivel del debate público.
Pero la descalificación nunca sustituye a una buena idea. Un adjetivo no construye una carretera, no mejora un hospital, no genera empleos, no fortalece la seguridad ni devuelve la tranquilidad a las familias. La política deja de servir cuando convierte el ataque personal en su principal discurso.
Quien dedica más tiempo a desacreditar personas que a presentar soluciones quizá está revelando, sin proponérselo, la pobreza de su propio proyecto.
Quien aspira a gobernar debe demostrar, antes que cualquier otra cosa, capacidad para gobernarse a sí mismo.
Porque nadie puede convocar a la reconciliación desde el resentimiento, nadie puede ofrecer unidad mientras alimenta divisiones, nadie puede pedir confianza cuando hace del agravio su principal argumento.
Quienes nos dedicamos al servicio público sabemos que las instituciones no se fortalecen con descalificaciones, sino con legalidad, resultados y confianza, la política debería seguir el mismo camino.
Los cargos públicos son temporales, las palabras permanecen, las campañas concluyen, los gobiernos cambian. Pero las heridas que deja una elección mal conducida pueden dividir comunidades durante muchos años. Después de la jornada electoral todos volverán a encontrarse: en las plazas, en las escuelas, en los comercios, en los municipios y en las instituciones.
Entonces habrá que gobernar también a quienes pensaron distinto.
Por eso vale la pena recordar una de las mayores enseñanzas de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz.” No existe mejor definición de convivencia democrática. Respetar al adversario no significa renunciar a las convicciones; significa reconocer que la pluralidad fortalece a la República.
Felipe Carrillo Puerto lo expresó con otra frase que conserva plena vigencia: “No busques la venganza, busca la justicia; la primera destruye a los pueblos, la segunda los edifica.”
La política del rencor nunca deja buenos gobiernos, la política de las ideas sí.
México necesita campañas intensas, firmes y apasionadas, pero también respetuosas, la ciudadanía quiere escuchar soluciones para la seguridad, la economía, la salud, la educación y el desarrollo. No espera concursos de descalificaciones ni guerras de declaraciones.
La confrontación puede generar aplausos momentáneos, las propuestas generan confianza, el enojo moviliza por un instante. La credibilidad construye gobiernos.
Ojalá quienes legítimamente aspiran a representar al pueblo comprendan que la mejor campaña no es la que acumula más ataques, sino la que despierta mayor esperanza.
Que convenzan sin ofender, que debatan sin insultar, que contrasten sin destruir, que compitan con firmeza, pero también con dignidad.
Porque al final de la elección no habrá vencedores ni vencidos para siempre. Habrá un solo Hidalgo, un solo México y una sola sociedad que deberá caminar unida.
Por eso, hoy más que nunca, vale la pena recordar aquella sencilla invitación de Juan Gabriel:
No discutamos, no discutamos para dividir, sino debatamos para construir. No discutamos para descalificar, sino para encontrar las mejores soluciones. No discutamos para alimentar el enojo, sino para fortalecer la confianza.
Porque gobernar no consiste en derrotar adversarios, consiste en unir a una sociedad que piensa distinto para caminar hacia el mismo destino.
La mejor campaña no es la que más hiere al adversario; es la que más esperanza siembra en la ciudadanía, los insultos ganan un día de conversación, pero las ideas pueden ganar una generación. Esa es, al final, la más alta responsabilidad de quien aspira a servir al pueblo.
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