En septiembre, la Huasteca hidalguense no solo cambia de estación: se transforma en un santuario floral vivo, tras el paso de las lluvias, la niebla baja a ras de suelo a abrazar la milpa, los cerros estallan en un verde sagrado y en las plazas públicas el aire se satura con el aroma a tierra mojada entre el tricolor de nuestras fiestas patrias.

Septiembre es también tiempo de balances, de informes municipales que aquí se convierten en una hermosa y mística reunión de flores.

Cuando las autoridades llegan a dialogar con las comunidades, el pueblo las recibe a través de un ritual milenario: el enfloramiento. No es un adorno vistoso para la fotografía de la prensa; es un puente invisible de gratitud, respeto y esperanza, es la comunidad diciendo: “Has cruzado nuestro umbral, escucha nuestra palabra y camina el sendero con nosotros”.

Foto: Especial
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Como coordinador de las instituciones del Estado, tuve el alto honor de recorrer cada municipio huasteco llevando la representación del gobernador Julio Menchaca Salazar; en ese andar de pueblo en pueblo, la política mudó su piel fría por una experiencia mística.

Primero aparece la corona y, de inmediato, el collar que te enlaza al alma colectiva, entre bugambilias, el aroma denso de gardenias, rosas y flores silvestres, uno termina convertido en una flor más del paisaje, que carga sobre el cuerpo el abrazo perfumado de la tierra.

Pero el ritual no solo cobija a las personas; también consagra los espacios, el presídium se vuelve un jardín comunitario; es como si la misma Madre Tierra entrara de puntitas a la plaza para testificar y vigilar los compromisos de sus hijos, estas flores tienen espíritu: nacieron en patios familiares y fueron cortadas por las mismas manos sabias que cultivan el maíz, bordan el universo y sostienen los hogares. No tienen precio material; contienen identidad indomable.

Foto: Especial
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Por eso, al concluir el encuentro, las flores no se abandonan en la plaza ni pertenecen al olvido, uno se retira y se lleva consigo esas coronas y collares para resguardarlos en el propio hogar, al llegar a casa, se depositan con profunda reverencia en un pequeño altar, junto a las imágenes y los recuerdos más queridos, dejarlas descansar ahí hasta que concluyan su ciclo natural es la forma de honrar el enfloramiento; recibirlas es asumir un pacto sagrado de cuidado mutuo.

En cada plaza presencié una estampa entrañable: mujeres al frente que custodian la organización, el Himno Nacional se entona con orgullo en lengua materna, la niñez se viste con prendas tradicionales y las flores cubriéndonos. Allí, el protocolo burocrático se desvanece, la plaza recupera su mística original: el espacio sagrado donde se conversa de frente, se escucha con el corazón y gobernar significa mirar a los ojos.

Foto: Especial
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La flor huasteca también es una piel que se viste, las mujeres nahuas trasladan la naturaleza a los hilos, atrapan la vida en blusas y vestidos florales. Cuando una niña se acerca con un ramo, lleva consigo dos jardines en complicidad: uno tejido sobre el pecho por su madre y otro recién cortado de la tierra, esa misma identidad abraza la Estrella Tzuhu, imagen institucional del gobierno de Julio Menchaca que, inspirada en el punto de cruz, evoca la unión comunitaria. El futuro no se construye si olvidamos las manos que tejieron nuestro pasado.

Las flores embellecen los informes, pero no ocultan las necesidades, nos recuerdan con sutil firmeza que la confianza es un préstamo sagrado que debe corresponderse con trabajo incansable, cercanía y resultados.

Enflorar distingue, pero compromete, la corona sobre la cabeza no representa poder, sino la carga de la responsabilidad; el collar en el pecho no es adorno, es el abrazo vinculante del pueblo.

Septiembre pasará y las flores terminarán su ciclo natural, el viento se llevará los pétalos y la lluvia limpiará las plazas, pero el aroma de la responsabilidad quedará impregnado para siempre en el alma de quienes fuimos distinguidos con su confianza.

Porque en la Huasteca el tiempo marchita las flores; pero la palabra empeñada ante el pueblo, jamás.

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