Cada 11 de julio, cuando México celebra el Día del Minero, solemos recordar la oscuridad de los socavones, el sonido de los barrenos y el sacrificio de quienes arrancaron la plata y el oro del corazón de la montaña.

Pero pocas veces recordamos que, quizá, uno de los personajes más famosos de la cultura mexicana también nació entre esas minas.

Me refiero al pachuco.

Sí, ese que inmortalizó Tin Tan con sombrero, saco largo, elegancia exagerada, pasos de baile y una seguridad que conquistaba cualquier pista.

Porque yo sostengo una teoría que merece al menos ser escuchada: el primer pachuco fue de Pachuca; no del norte, no de la frontera, de Pachuca.

Cuando los ingleses llegaron a rescatar la minería hidalguense durante el siglo XIX, no solamente trajeron máquinas de vapor, tecnología y métodos modernos. Trajeron también su forma de vestir.

Los ingenieros ingleses caminaban impecables, pantalones de casimir, camisas de algodón, sacos perfectamente cortados y zapatos de charol.

Vivían en colonias exclusivas, como Maestranza o San Lunes, mientras dirigían la operación minera desde oficinas, almacenes, talleres y haciendas de beneficio.

Muy distinta era la vida del verdadero minero mexicano, del hombre del socavón, del que bajaba cientos de metros bajo tierra, del barretero, del ademador, del malacatero.

Y especialmente del tenatero, aquel hombre que cargaba sobre la espalda enormes costales de mineral hasta llevarlos al exterior para continuar el proceso de beneficio.

Muchos de ellos trabajaban apenas cubiertos con un calzón de manta. Pero al salir de la mina y atravesar los patios donde estaban los ingenieros ingleses, la dignidad también pesaban, no podían presentarse casi desnudos.

Entonces comenzó algo que pocas veces se cuenta, los ingleses regalaban la ropa que dejaban de usar. Sacos demasiado grandes, pantalones largos, camisas elegantes y zapatos que habían conocido mejores días.

Los mineros los recibían con orgullo y llegaba el sábado o el domingo, la tardeada, el baile, la cantina y entonces aparecía aquel minero humilde vestido con prendas inglesas que le quedaban dos tallas más grandes.

No importaba, lo importante era verse elegante, porque el oro podía ser del patrón, pero la pista de baile era del minero. Y vaya que bailaban.

Los relatos populares siempre describieron a aquellos hombres como conquistadores, buenos para el danzón, la polka, el chotis y cualquier fiesta que apareciera en Pachuca, pobres, sí, pero orgullosos.

Con ropa prestada, pero con una personalidad imposible de esconder, quizá ahí nació el verdadero pachuco, el hombre que no heredó riqueza, sino actitud.

Porque la elegancia nunca dependió del precio del traje. Dependió siempre de quien lo portaba. Aquellos mineros hidalguenses también eran considerados de los mejores del país.

Su experiencia era tan apreciada que constantemente eran llevados a otros grandes reales mineros como Guanajuato, Zacatecas, Real de Catorce o Chihuahua para enseñar su oficio y aumentar la producción, iban de mina en mina.

Y con ellos viajaba también su manera de vestir, de bailar y de vivir.

Décadas después, el término “pachuco” evolucionaría hasta convertirse en toda una identidad cultural entre los jóvenes mexicoamericanos, popularizada por Tin Tan y la cultura fronteriza.

La historia oficial suele detenerse ahí, pero quizá olvidó mirar hacia atrás, hacia las minas de Pachuca, hacia aquellos tenateros que primero cargaron costales de mineral y después cargaron, con enorme orgullo, un saco inglés demasiado grande para su cuerpo, pero perfecto para enamorar muchachas en las plazas de Hidalgo.

No sé si algún archivo encuentre un día el documento definitivo, tal vez nunca aparezca.

Pero hay historias que sobreviven porque explican mejor el alma de un pueblo que cualquier acta notarial, y ésta es una de ellas.

Por eso, en este Día del Minero, además de honrar a quienes hicieron de Pachuca una capital mundial de la plata, vale la pena rescatar una posibilidad que nos pertenece.

Quizá, antes de que Tin Tan conquistara el cine…

Antes de que el pachuco conquistara la frontera… Ya existía un minero hidalguense que, con un saco inglés heredado, zapatos gastados y una sonrisa invencible, salía cada domingo a bailar por las calles de Pachuca.

Y si así fue, entonces el mundo debería saber que el primer pachuco no vino del norte.

Salió de una mina, de Pachuca, con polvo de plata en las manos, orgullo en el pecho y elegancia suficiente para demostrar que, aun en la pobreza, también se puede caminar como un rey.

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