La eliminación de México frente a Inglaterra abrió una conversación que trascendió el futbol. En redes sociales y distintos espacios de discusión apareció una pregunta que suele regresar cada cierto tiempo: ¿Por qué el Museo Británico conserva miles objetos culturales procedentes de distintas regiones del mundo, entre ellas México?

La rivalidad deportiva recordó un debate histórico que enfrenta dos posturas: la de los grandes museos universales, que defienden la conservación y exhibición de colecciones internacionales, y la de los países de origen, que reclaman el regreso de bienes culturales obtenidos bajo circunstancias que hoy resultan, cuando menos, cuestionables.

El Museo Británico alberga más de quince mil objetos procedentes de México, de los cuales, la gran mayoría pertenece a las culturas prehispánicas mesoamericanas y forma parte de una colección integrada durante los siglos XVIII y XIX.

La pregunta inevitable es cómo estas piezas abandonaron el territorio mexicano y la respuesta se encuentra en el contexto del siglo XIX: entonces no existía una legislación especializada para proteger el patrimonio histórico y arqueológico nacional, ni una institución equivalente al actual Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), creado en 1939 para investigar, conservar, restaurar y difundir el patrimonio cultural de México. Durante aquel periodo, viajeros, diplomáticos, exploradores, militares, comerciantes y coleccionistas adquirieron objetos mediante compras, intercambios, regalos o excavaciones que entonces no se consideraban ilegales.

Este panorama plantea una cuestión fundamental que ya hemos analizado en este espacio: ¿A quién pertenece el pasado?

Los museos sostienen que sus colecciones permiten narrar la historia de la humanidad en un mismo espacio y garantizan condiciones adecuadas para la conservación; sin embargo, los países de origen responden que ese patrimonio cultural constituye un elemento esencial de su identidad histórica y que ningún argumento museográfico puede justificar la permanencia de objetos cuya salida ocurrió bajo relaciones desiguales de poder, principalmente a causa del colonialismo.

Cada objeto patrimonial pierde parte de su significado cuando se separa de su contexto. Un bien cultural no es un elemento aislado ni un simple objeto de exhibición, forma parte de una historia, de una cosmovisión, de una comunidad y de un conjunto de relaciones que le otorgan sentido. Su valor no reside únicamente en la antigüedad, la técnica o la belleza de su manufactura, sino también en la información que conserva sobre quienes lo crearon, utilizaron, resguardaron y transmitieron a lo largo del tiempo.

Al romperse ese vínculo, la interpretación también se fragmenta.

Los bienes patrimoniales no son trofeos ni mercancías, son testimonios de la memoria de los pueblos. En la cancha, Inglaterra eliminó a México, fuera de ella, el partido revivió un debate que lleva décadas sin silbatazo final; porque una cosa es perder un partido de noventa minutos y otra muy distinta perder la memoria de un pueblo durante siglos.

“El Museo Británico alberga más de quince mil objetos procedentes de México”…

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