The AI Doc: Or How I Became an Apocaloptimist se estrenó este año en Sundance. Este documental, dirigido por Daniel Roher y Charlie Tyrell, parte de una pregunta simple: qué está ocurriendo con la inteligencia artificial. En ese recorrido aparecen Sam Altman, director general de OpenAI; Demis Hassabis, director general de Google DeepMind; y Dario Amodei, director general de Anthropic. No son comentaristas, sino algunos de los hombres que hoy empujan esta revolución tecnológica.

La inquietud que deja la película no nace de la fantasía, sino de lo que ya estamos viendo. Robots con inteligencia artificial que corren, saltan y ejecutan tareas complejas; sistemas que componen música, redactan poemas, imitan voces, generan imágenes y producen textos con una soltura que hasta hace poco parecía exclusivamente humana. Durante años pensamos que las máquinas podían ayudarnos a calcular y acelerar procesos. Lo nuevo es que ahora empiezan a entrar en actividades que solíamos relacionar con la creatividad, el lenguaje y cierta sensibilidad.

Y quizá por eso conviene mirar un poco más atrás. La historia humana no fue una marcha solitaria que condujo, sin competencia, hasta Homo sapiens. Durante miles de años existieron otras ramas humanas sobre la Tierra. No fuimos la única forma de inteligencia de nuestra familia; fuimos la que quedó. Recordarlo importa porque rompe una vieja comodidad: la idea de que nuestra singularidad estaba garantizada por naturaleza.

Ésa es la fibra más profunda de este momento. La inteligencia artificial no solo automatiza tareas: empieza a erosionar la frontera psicológica que separaba a la herramienta de su creador. Si una máquina puede escribir un poema aceptable, producir una melodía, sostener una conversación convincente o moverse con coordinación creciente, entonces la discusión deja de ser únicamente técnica. Se vuelve cultural, moral y política.

El verdadero riesgo no consiste en la vieja fantasía de robots rebelándose mañana, sino en que nosotros aceptemos demasiado rápido un mundo donde la conciencia, la fragilidad, la experiencia y el juicio moral empiecen a parecer estorbos frente a sistemas más veloces y aparentemente más exactos. Ahí reside la tentación de nuestra época: reducir a la persona a un conjunto de funciones replicables. Y por eso inquieta tanto escuchar a Altman, Hassabis y Amodei. No solo construyen estas tecnologías; también buscan explicar por qué debemos confiar en ellas, temerlas o regularlas.

Por primera vez en mucho tiempo, la especie que sobrevivió a todas las demás empieza a preguntarse si también puede ser desplazada, no por otra humanidad, sino por su propia invención. Tal vez ésa sea la verdadera perturbación. No el miedo a las máquinas, sino la sospecha de que estamos entrando a una época en la que lo humano dejará de parecer exclusivo. Porque el fondo del asunto no es que las máquinas hagan más cosas, sino que nosotros empecemos a considerar prescindibles capacidades que definían nuestra idea de lo humano.

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