Hay noches que no caben en el calendario. Noches que no son solamente una fecha, ni un resultado, ni una estadística deportiva. Hay noches que se quedan prendidas en la memoria colectiva de un país porque, durante un instante, logran lo que la política, los discursos y las promesas no han podido conseguir: reunirnos en una misma emoción.

La noche del martes México ganó.

Y al decirlo, parece que la frase se queda corta. Porque México no ganó solamente un partido de futbol. México ganó un respiro. Ganó una alegría. Ganó una pausa en medio del ruido. Ganó, aunque sea por unas horas, el derecho a olvidar el cansancio, la rabia, el miedo, la incertidumbre y esa tristeza silenciosa que muchas veces se nos queda pegada al pecho.

La Selección Nacional venció 2-0 a Ecuador, un rival fuerte, difícil, peligroso; un equipo capaz de haberle impuesto a México una derrota dolorosa, quizá monumental. Pero esta vez fue distinto. Esta vez la historia no se escribió con resignación. Esta vez el equipo mexicano no caminó con miedo, sino con determinación. No se escondió detrás de sus viejos fantasmas. No se dobló ante la presión. Salió al campo, creyó en sí mismo y ganó.

Y entonces, millones de mexicanos volvieron a creer también

Porque en este país el futbol nunca ha sido un simple deporte. El futbol es una extensión del alma mexicana. Es la mesa familiar convertida en estadio. Es la calle que se llena de gritos. Es el vecino que abraza al vecino aunque nunca antes se hayan saludado. Es el niño que descubre por primera vez que una camiseta puede pesar tanto como una bandera. Es la madre que no sabe de tácticas, pero sabe perfectamente cuándo el corazón se detiene antes de un disparo a portería. Es el padre que finge serenidad mientras aprieta los puños. Es el anciano que recuerda otros mundiales, otros nombres, otras derrotas, otras ilusiones.

Por eso este triunfo duele y alegra al mismo tiempo

Alegra porque México ganó. Duele porque nos recuerda cuánto necesitábamos ganar algo. Y aun así perdió tres vidas en CDMX.

Vivimos en un país profundamente dividido. Un país donde la conversación pública se ha vuelto áspera, donde el enojo parece haberse instalado como idioma común, donde las mentiras circulan con facilidad, donde el odio se disfraza de opinión y donde pensar distinto se ha convertido, para muchos, en motivo de enemistad. México carga heridas abiertas: desigualdad, inseguridad, corrupción, falta de salud, escándalos públicos, impunidad, pobreza, miedo. Hay familias que viven con angustia, jóvenes que no encuentran futuro, comunidades que piden justicia, madres que buscan, trabajadores que resisten, ciudadanos que ya no saben en quién confiar.

Y, sin embargo, la noche del martes México sonrió

Qué extraña es la esperanza cuando aparece en medio del desencanto. Qué rara se siente cuando llega vestida de futbol, con el ruido de un estadio y el eco de un gol. Qué difícil explicarla con razones, porque no pertenece del todo a la lógica. Es una esperanza breve, quizá efímera, quizá ingenua para algunos. Pero es esperanza. Y cuando un pueblo ha sido golpeado tantas veces, cualquier esperanza compartida merece ser tomada en serio.

Nadie debería pensar que un triunfo deportivo resuelve los grandes problemas nacionales. Un gol no acaba con la violencia. Una victoria no cura hospitales. Un pase a octavos no borra la corrupción ni devuelve la paz a las comunidades, ni evita los feminicidios. El futbol no sustituye a la justicia, ni a la democracia, ni a la responsabilidad de quienes gobiernan.

Pero tampoco debemos despreciar la alegría de un pueblo

Porque los países también necesitan momentos para respirar. También necesitan símbolos. También necesitan reconocerse en algo que no sea la tragedia. Y esa noche, mientras México avanzaba paso a paso en la cancha, algo se movía también en el ánimo nacional. Por un momento no fuimos bandos enfrentados. No fuimos etiquetas políticas. No fuimos regiones aisladas ni voces peleando en redes sociales. Fuimos millones mirando hacia el mismo lugar, esperando el mismo desenlace, gritando el mismo gol.

Eso no es poca cosa

En una época donde casi todo nos separa, la Selección Mexicana consiguió unirnos en una emoción limpia, popular, desbordada. Nos recordó que todavía existe una fibra común, una raíz compartida, una manera de sentirnos parte de algo más grande que nuestras diferencias. México, tantas veces herido, tantas veces cansado, tantas veces decepcionado, encontró en el futbol una pequeña ventana abierta.

Quizá mañana regrese la realidad con toda su dureza. Quizá vuelvan los problemas, las discusiones, las noticias amargas, los señalamientos y las preocupaciones de todos los días. Pero nadie podrá quitarle al país esta noche. Nadie podrá negar que, por un instante, México se sintió fuerte. México se sintió alegre. México se sintió unido.

Y eso también importa.

Porque la alegría colectiva no es superficial cuando nace de un pueblo que ha sufrido. La celebración no es exagerada cuando viene de una sociedad que ha tenido que acostumbrarse demasiado al dolor. El grito no es vacío cuando sale de millones de gargantas que necesitaban liberar algo más que entusiasmo deportivo.

Anoche México ganó 2-0, sí.

Hoy las mexicanas y los mexicanos están llenos de una esperanza extraña. Rara. Tal vez pasajera. Tal vez frágil. Pero ahí está, latiendo en las calles, en las casas, en las plazas, en los recuerdos de quienes vieron el partido y sintieron que algo dentro de ellos se levantaba junto con el equipo.

Que siga rodando el balón.

Que siga latiendo el país.

Porque esa noche, en medio de tanta división y tanto cansancio, México no solo avanzó hacia octavos de final.

Lo cierto es que: México volvió a abrazarse. ¿Y sí sí?

Nos encontramos el próximo jueves en otro #LoCiertoEsQue

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