En México y en buena parte de América Latina se habla cada vez más de igualdad. Se habla de derechos, de inclusión, de paridad, de participación laboral femenina y de acceso universal a los servicios públicos. Sin embargo, cuando la pregunta se dirige a las mujeres mayores, la respuesta deja de ser cómoda: no, las mujeres mayores no viven en igualdad de circunstancias en el trabajo ni en los servicios públicos.

La mujer mayor llega a la vejez con una historia acumulada de desigualdades. No empieza a ser vulnerable a los 60 o 65 años; llega a esa edad después de décadas de salarios más bajos, empleos informales, interrupciones laborales por maternidad o cuidado familiar, menor acceso a seguridad social y una carga doméstica que rara vez fue reconocida como trabajo.

Cuando se habla de vejez, no basta con hablar de edad, también de género, clase social, territorio, salud, educación y acceso real a derechos.

Tan solo en el mundo laboral, la desigualdad es evidente. Muchas mujeres mayores siguen trabajando no porque quieran mantenerse activas únicamente, sino porque sus pensiones son insuficientes o inexistentes. Otras quisieran trabajar, pero enfrentan discriminación por edad, por género o por ambas razones.

Para el mercado laboral, una mujer mayor suele ser vista como “menos productiva”, “menos adaptable” o “fuera de tiempo”, o hasta “fuera de moda”, aunque muchas veces posee experiencia, responsabilidad, disciplina y conocimiento práctico que ninguna capacitación acelerada puede sustituir. Y hasta es discriminada por las personas jóvenes.

El problema no es solo conseguir empleo. También es el tipo de empleo disponible. Para muchas mujeres mayores, las opciones reales se reducen al comercio informal, el trabajo doméstico, el cuidado de otras personas, la venta ambulante o actividades sin contrato, sin prestaciones y sin protección suficiente.

A esto se suma una paradoja profundamente injusta: muchas mujeres mayores no solo necesitan cuidados, también siguen siendo cuidadoras. Cuidan nietos, esposos enfermos, familiares con discapacidad o incluso a otras personas mayores. En lugar de descansar después de una vida de trabajo, continúan realizando labores invisibles y mal pagadas.

Además, la pobreza en la vejez tiene rostro femenino. No porque los hombres mayores no enfrenten dificultades, sino porque las mujeres suelen llegar con menos patrimonio, menos pensión contributiva y más años de trabajo no remunerado detrás. La desigualdad de la vejez es, en realidad, el resultado estadístico y humano de desigualdades acumuladas durante toda la vida.

Hace unos días vi la serie estadounidense “Younger” que trata de una mujer de 45 años de edad, en proceso de divorcio, que necesita trabajar y no la contratan por su edad. Tuvo que aparentar menos años y así sumarse al bono más productivo de la población, que es la juventud, y vivir la discriminación. Es un fenómeno al que también se le llama “viejismo” o “edadismo”

Lo cierto es que… la mitad de la población, que es el grupo femenino, vive de una u otra forma: con una nueva etapa de su vida con pensión, o bien, sin trabajo, desigualdad en la salud, o en la informalidad. México tiene una deuda pendiente con sus mujeres mayores. No es una deuda de cortesía ni de compasión. Es una deuda de justicia.

Nos encontramos el próximo jueves en otro #LoCiertoEsQue

¡EL UNIVERSAL HIDALGO ya está en WhatsApp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Google News