La travesía que enfrentan los residentes de las comunidades que quedaron aisladas tras la devastación del vado, luego de las intensas lluvias de la tormenta tropical Boris, se ha convertido en una verdadera odisea.

Aquellos que necesitan cruzar desde la comunidad de Tamoyon hasta Banderas y otras poblaciones aledañas, se ven obligados a desembolsar 80 pesos adicionales debido a los cobros desmedidos por parte de los operadores del transporte en la modalidad de taxi.

Esta situación genera un profundo descontento y una carga económica considerable para los habitantes de estas zonas ya de por sí vulnerables.

El trayecto, que abarca desde la bulliciosa ciudad de Huejutla hasta la serena localidad de Banderas, la comunidad más próxima al sinuoso río Calabozo, se extiende por poco menos de cuatro horas, una duración que se percibe aún más larga debido a las múltiples complicaciones.

Este recorrido no es directo ni sencillo; exige una serie de transbordos que incluyen el transporte urbano, los taxis, y finalmente, una embarcación para cruzar el río, lo que añade complejidad y un costo adicional a la ya de por sí difícil situación. Cada etapa del viaje presenta sus propios desafíos, desde la espera de los diferentes medios de transporte hasta la incertidumbre de los costos finales.

Al partir desde la cabecera municipal de Huautla, el viaje hacia Tamoyon Primero se realiza en taxi, un servicio que tiene un costo de 20 pesos y que deja a los pasajeros en el crucial crucero de acceso a la comunidad.

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Desde este punto estratégico, el recorrido hasta la orilla del río se llevo a cabo a pie, a través de senderos irregulares y, en ocasiones, lodosos, lo que añade una capa de dificultad, especialmente para aquellos que cargan con mercancías o equipaje.

Sin embargo, para quienes prefieren evitar la caminata, existe un servicio especial que, por un costo adicional de 50 pesos, los transporta hasta el río. Esta opción, aunque más cómoda, incrementa aún más el gasto total del viaje, al afectar directamente el bolsillo de los pobladores, quienes ya enfrentan diversas dificultades económicas.

Justo al lado del puente, ahora un amasijo de escombros, y del vado, completamente derrumbado por la fuerza de la corriente, se ha establecido un improvisado servicio de lancha. Esta embarcación, en la que se depositan las esperanzas de los habitantes, se encarga de transportar a los residentes de una orilla a la otra del río. El costo de este crucial servicio es de 30 pesos por cada pasajero, una tarifa que, aunque parece modesta individualmente, representa una carga recurrente para aquellos que necesitan cruzar el río a diario o con frecuencia, sumándose a los ya elevados costos del trayecto.

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Al desembarcar la lancha, el paisaje se transforma en un camino pedregoso, arduo y desafiante, que dificulta enormemente el paso.

Los transeúntes, cargando con sus mercancías, pesadas bolsas de provisiones y maletas voluminosas, avanzan con esfuerzo por esta vereda irregular, cada paso un desafío. Una vez superado este tramo rocoso, la senda se convierte en otra vereda, esta vez lodosa, que serpentea a través de una extensa parcela de ajonjolí.

El fango se adhiere a los zapatos, lo cual hace la marcha aún más pesada, pero la esperanza de encontrar la carretera se mantiene.

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Finalmente, después de atravesar este obstáculo, la carretera aparece en el horizonte, ofreciendo un respiro y facilitando el tránsito, aunque sea por un corto trecho.

Según los pobladores, la comunidad de Banderas se encuentra a solo unos minutos de distancia, un trayecto que, a pesar de su brevedad, no está exento de desafíos. La carretera presenta un tramo con una pendiente pronunciada, un ascenso que pone a prueba la resistencia de vehículos y peatones antes de alcanzar el acceso principal a la comunidad.

En este punto, un aviso y un letrero desgastado, pero lleno de significado, dan la bienvenida a los viajeros.

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Las viviendas, dispersas y modestas, se sitúan un poco más adelante, lo cual delinea el corazón de la comunidad. En muchos de estos hogares, el silencio prevalece, roto ocasionalmente por el murmullo de la música que escapa de alguna ventana, mientras las familias se afanan en sus actividades diarias. Tejen el entramado de su vida cotidiana en medio de la adversidad.

A pesar de que, a primera vista, no se observan daños estructurales significativos en las casas a causa de las lluvias torrenciales, los residentes expresan una profunda preocupación y una urgente necesidad por la pronta rehabilitación del vado.

Esta infraestructura, vital para su conectividad, les permitiría, al menos, transitar a pie sin las actuales complicaciones. La ausencia de agua potable en sus hogares es otra de las problemáticas apremiantes, obligándolos a depender del agua que recogen de los manantiales, una fuente que no siempre es suficiente o segura.

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Asimismo, dan a conocer sus quejas y el malestar generalizado por el costo de 30 pesos que deben pagar por cada viaje en lancha, y los 50 pesos por el servicio especial que los transporta del puente al crucero de Tamoyon Primero.

A estas dificultades se suma la inminente alza en el precio de los productos comestibles básicos, lo que agrava aún más la ya precaria situación económica de estas comunidades.

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