A varios kilómetros de los conocidos Atlantes, Tula de Allende conserva vestigios que permiten conocer otra dimensión de su pasado prehispánico. En el cerro Magoni Chico, conocido por los habitantes como cerro La Malinche, una pared natural de roca resguarda dos petrograbados cuya interpretación está relacionada con la religión, el poder y la memoria de la antigua ciudad de Tollan.
Los relieves representan, de acuerdo con estudios iconográficos, a Chalchiuhtlicue, deidad vinculada con las aguas terrestres, y a Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, personaje asociado con la tradición tolteca y situado entre las figuras del gobernante, sacerdote y ser sagrado.

Un paisaje que también formaba parte de Tollan
La antigua Tula fue mucho más extensa que el recinto arqueológico que actualmente recibe visitantes. Durante la fase Tollan, aproximadamente entre los años 900 y 1150 de nuestra era, la ciudad llegó a ocupar cerca de 18 kilómetros cuadrados, incluyendo el valle delimitado por los ríos Tula y Rosas, además de cerros, terrazas, barrios y espacios de carácter ritual.
En la cosmovisión mesoamericana, las montañas tenían un profundo significado. Los cerros eran considerados lugares donde se almacenaba el agua y las semillas, además de estar vinculados con las fuerzas de la lluvia, la fertilidad y el origen de la vida.
La ubicación de los petrograbados en una pared rocosa con amplia visibilidad sobre el antiguo territorio de Tollan, por ello, difícilmente habría sido casual.
Investigadores relacionados con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han estudiado este conjunto. También los trabajos de especialistas han contribuido a analizar la relación entre estas representaciones y la posterior presencia mexica en Tula.
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De La Malinche a Chalchiuhtlicue
Durante años, la tradición oral de la zona identificó la figura femenina como Malintzin, la Malinche o la Reina Xóchitl. Incluso esta interpretación popular contribuyó a que tanto el cerro como la colonia cercana recibieran el nombre de La Malinche.
Sin embargo, el análisis de sus características iconográficas llevó a los especialistas hacia otra interpretación: Chalchiuhtlicue, la diosa relacionada con el agua que se encuentra sobre la tierra.
Su nombre proviene de chalchihuitl, asociado con la piedra preciosa o jade, y cueitl, que significa falda. De ahí la traducción de “la de la falda de jade”.
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Su presencia permite distinguirla de Tláloc. Mientras este último estaba principalmente relacionado con la lluvia, las tormentas y el agua proveniente del cielo, Chalchiuhtlicue estaba vinculada con ríos, lagos, manantiales y otras aguas terrestres. Ambas figuras formaban parte de un sistema religioso relacionado con el ciclo agrícola.
En el relieve también se han identificado elementos que podrían guardar relación con el maíz y, por ello, algunos investigadores han planteado una posible asociación con Centéotl, deidad vinculada con este cultivo.
Quetzalcóatl, entre el poder y lo sagrado
El segundo petrograbado corresponde a una figura masculina acompañada por el signo Ce Ácatl, expresión náhuatl que significa “Uno Caña” y que funcionaba como nombre calendárico de Topiltzin Quetzalcóatl.
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La representación contiene diversos elementos relacionados con la autoridad. El personaje aparece sobre un petate o estera, símbolo asociado con el gobierno, mientras que la escena también parece mostrar un acto de autosacrificio mediante la perforación de la oreja, una práctica ritual relacionada con sacerdotes y gobernantes.
A sus espaldas aparece la serpiente emplumada, uno de los principales atributos asociados con Quetzalcóatl.
No obstante, los especialistas advierten que esto no significa que el relieve sea un retrato literal de un gobernante histórico. Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl es una figura compleja en la que convergen las tradiciones sobre un gobernante, un sacerdote, un héroe cultural y una divinidad.
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Tampoco se trataría principalmente de Ehécatl-Quetzalcóatl, la advocación relacionada con el viento. Esta representación suele distinguirse por atributos específicos, como la máscara bucal en forma de pico, el gorro cónico y el pectoral de caracol cortado, elementos que no predominan en el petrograbado de Magoni Chico.
Una memoria tolteca reinterpretada por los mexicas
Uno de los aspectos más relevantes del conjunto es su posible antigüedad. Aunque las figuras están estrechamente vinculadas con Tollan y la tradición tolteca, diversos investigadores han señalado que los relieves presentan características del estilo mexica y podrían haber sido realizados hacia finales del siglo XV.
Esto significaría que fueron tallados varios siglos después del apogeo y caída de la ciudad tolteca.
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Para los mexicas, Tollan representaba un pasado prestigioso asociado con grandes gobernantes, sacerdotes y artistas. Recuperar sus símbolos permitía establecer vínculos con esa tradición y otorgarle legitimidad a su propia visión del poder.
Bajo esta interpretación, el petrograbado de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl podría entenderse como una representación retrospectiva de un gobernante venerado, construida a partir de la memoria que los mexicas conservaron de la antigua Tula.
El conjunto del cerro La Malinche sería, entonces, un testimonio de dos momentos históricos: la memoria de la tradición tolteca y la manera en que los mexicas la reinterpretaron siglos después.
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Un sitio distinto a la Tula de los Atlantes
El cerro Magoni Chico se encuentra hacia la zona de la colonia La Malinche, al poniente de la antigua ciudad y cerca del río Rosas. Su nombre puede generar confusión con el volcán La Malinche o Matlalcueye, localizado entre Puebla y Tlaxcala; se trata de lugares completamente distintos.
A diferencia de la Zona Arqueológica de Tula, el conjunto de petrograbados no cuenta con la misma infraestructura turística, señalización ni servicios. Tampoco se encuentra establecido como un sitio de visita regular con horario propio.

Por ello, quienes busquen conocer los relieves deben confirmar previamente las condiciones de acceso con el Centro INAH Hidalgo, la administración de la Zona Arqueológica de Tula o la autoridad municipal de turismo. También es recomendable acudir con un guía local que conozca el terreno.
Para comprender el significado de los petrograbados, una visita a la Zona Arqueológica de Tula y al Museo Arqueológico Jorge R. Acosta permite conocer primero el desarrollo de Tollan y el papel que desempeñó Quetzalcóatl en su tradición.

Más allá de los monumentales Atlantes, los cerros y ríos que rodean Tula forman parte de un paisaje arqueológico en el que la naturaleza y la religión estaban estrechamente relacionadas.
En las rocas de Magoni Chico permanecen dos imágenes que condensan esa visión: Chalchiuhtlicue, vinculada con el agua que da vida a la tierra, y Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, símbolo de la autoridad y de la memoria sagrada de Tollan. Un legado que permite mirar la historia de Tula más allá de sus monumentos más famosos.
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