El último partido de la Copa del Mundo 2026 en territorio mexicano fue una fiesta que tuvo de todo. Calor, lluvia, amenaza de tormenta eléctrica, música, bailes, guerras de porras entre locales e ingleses, y el recuerdo de una jornada inolvidable para el país.

24 días después de la tercera inauguración de la Copa del Mundo, el estadio Ciudad de México vibró por última vez con un escenario inmejorable: un partido de octavos de final entre la Selección Mexicana y su símil de Inglaterra.

Con nostalgia, emoción e ilusión, miles de aficionados se dieron cita en el Coloso de Santa Úrsula para vivir el último partido de la Copa del Mundo en este inmueble. Los ingleses que realizaron el viaje desde distintas partes del mundo, no querían perderse la oportunidad de conocer el estadio donde Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé, y Diego Armando Maradona, se consagraron como dioses del futbol. Algunos, visitaron este recinto después de 40 años, cuando se despidieron del Mundial con el corazón roto por culpa de “La Mano de Dios” y “El Gol del Siglo”.

El último partido de la Copa del Mundo 2026 en territorio mexicano fue una fiesta que tuvo de todo. Calor, lluvia, amenaza de tormenta eléctrica, música, bailes, guerras de porras entre locales e ingleses, y el recuerdo de una jornada inolvidable para el país.

24 días después de la tercera inauguración de la Copa del Mundo, el estadio Ciudad de México vibró por última vez con un escenario inmejorable: un partido de octavos de final entre la Selección Mexicana y su símil de Inglaterra.

Con nostalgia, emoción e ilusión, miles de aficionados se dieron cita en el Coloso de Santa Úrsula para vivir el último partido de la Copa del Mundo en este inmueble. Los ingleses que realizaron el viaje desde distintas partes del mundo, no querían perderse la oportunidad de conocer el estadio donde Edson Arantes do Nascimento, más conocido como Pelé, y Diego Armando Maradona, se consagraron como dioses del futbol. Algunos, visitaron este recinto después de 40 años, cuando se despidieron del Mundial con el corazón roto por culpa de “La Mano de Dios” y “El Gol del Siglo”.

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Desde grandes ciudades como Manchester, Liverpool, Nottingham, y por supuesto, Londres, miles de ingleses tomaron las tribunas del -ahora renombrado- estadio Azteca.

La lluvia volvió a ser un protagonista del Mundial y demoró el comienzo del partido; en lugar de mermar el ánimo de los presentes, la tormenta fue una invitación para beber, cantar y bailar una hora más antes del silbatazo inicial. Fher, de Maná, fue el encargado de poner el balón con el que se jugó el primer tiempo y al ritmo de “Oye Mi Amor”, el estadio explotó de euforia.

La afición azteca cumplió con su papel de hacer pesar la localía. Las gradas se volvieron a pintar de verde, y especialmente en la cabecera norte, fueron entregadas miles de banderas mexicanas que fueron ondeadas en la salida del equipo tricolor. El nuevo cántico que grita ¿Y si sí? volvió a aparecer desde el fondo de las gargantas de los aficionados ilusionados con el combinado nacional.

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Lo único malo que tuvo el público local es que, una vez más, el grito homofóbico bajó de las gradas, esta vez contra Jordan Pickford.

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