México se encamina a una temporada de lluvias y ciclones tropicales más intensa de lo habitual, en medio de contrastes climáticos que ya comienzan a sentirse.
Mientras el calor extremo gana terreno en buena parte del país, las autoridades advierten que, en cuestión de semanas, el escenario cambiará hacia precipitaciones por arriba del promedio.
Arranque escalonado y meses críticos
El inicio formal del periodo ciclónico está previsto para el 15 de mayo en el océano Pacífico y el 1 de junio en el Atlántico, con cierre hacia finales de noviembre. No obstante, será entre agosto y octubre cuando se registre el mayor número de fenómenos.
Para junio, se estima una precipitación cercana a los 109 milímetros, lo que anticipa un mes más lluvioso de lo habitual.
Antes de las lluvias, el calor
Previo a este escenario, una onda de calor —considerada entre las más prolongadas del año— impactará a gran parte del país. Aunque comenzará a intensificarse desde el 23 de abril, sus efectos más severos se sentirán a partir del día 25 y podrían extenderse durante varios días más.
Más actividad en el Pacífico
El pronóstico del Servicio Meteorológico Nacional indica un panorama particularmente activo en el Pacífico, donde se esperan entre 18 y 21 sistemas tropicales, de los cuales hasta cinco podrían convertirse en huracanes mayores.
En contraste, el Atlántico registraría entre 11 y 15 fenómenos, con una actividad cercana o incluso por debajo del promedio climatológico.
El Niño, factor clave
El comportamiento de la temporada estará influido por el fenómeno El Niño-Oscilación del Sur. Los modelos apuntan a una transición hacia condiciones de El Niño entre mayo y julio, con una probabilidad superior al 60 por ciento.
De consolidarse, este fenómeno podría intensificarse durante el pico de la temporada de ciclones e incluso evolucionar hacia un evento más fuerte durante el invierno.
Prevención y coordinación
Ante este panorama, las autoridades han reforzado las estrategias de prevención. Entre las acciones destacan el fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana, la vigilancia permanente y medidas como la limpieza de ríos y la estabilización de laderas.
La coordinación entre los tres niveles de gobierno, junto con la participación comunitaria, será determinante para reducir riesgos y enfrentar los efectos de una temporada que, desde ahora, se perfila como exigente.
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