Antes de que la inteligencia artificial diseñara imágenes en segundos, los espectaculares y las pantallas dominaran el paisaje urbano, las calles de México ya constituían auténticas galerías de arte popular. Sobre cortinas metálicas, bardas, fachadas y anuncios comerciales, los rotulistas construyeron un universo visual de colores intensos, letras monumentales, personajes caricaturescos y composiciones que hoy forman parte de nuestra identidad cultural.
El rótulo, más allá de su función publicitaria, es una expresión artística que conserva la memoria de los barrios, los oficios y la estética popular de la sociedad mexicana.
La historia del rotulismo tiene raíces en las antiguas prácticas de identificación de comercios y oficios. Con el crecimiento de las ciudades durante los siglos XIX y XX, la pintura de letreros adquirió nuevas dimensiones, la expansión comercial, la publicidad moderna y la cultura gráfica contribuyeron al desarrollo de un lenguaje visual propio, en el cual convergieron la tipografía, la ilustración y el ingenio.
En México, el rotulismo encontró un espacio privilegiado en los mercados, las pulquerías, las fondas, las carnicerías, las peluquerías, las tiendas, el transporte público, etc. Cada establecimiento desarrolló una personalidad visual que trascendió su nombre comercial: Los cerdos sonrientes de las carnicerías, los pollos humanizados, las frutas de colores exuberantes y las letras con sombras tridimensionales conformaron una iconografía reconocible para generaciones enteras. Estas imágenes no solo anunciaron mercancías o servicios: también representaron las particularidades culturales de quienes las produjeron.
El rótulo merece una lectura que supere la distinción tradicional entre las bellas artes y las artes populares. El rotulista no reproduce simplemente una imagen: interpreta las necesidades del comerciante, las características del espacio y los códigos visuales de su comunidad. Su obra constituye una creación artística situada, cuyo valor reside tanto en sus cualidades estéticas como en su función social.
Sin embargo, durante décadas, estas manifestaciones quedaron al margen de los discursos institucionales del arte y el patrimonio. Su carácter comercial, efímero y popular contribuyó a su exclusión de los espacios tradicionales de legitimación artística. La sustitución de los anuncios pintados a mano por lonas impresas, diseños estandarizados, publicidad digital y diseños elaborados con inteligencia artificial aceleró la desaparición de numerosos ejemplos del paisaje urbano.
El rotulismo constituye un patrimonio vivo que refleja la creatividad, la experiencia y los conocimientos artísticos de quienes ejercen este oficio, además de constituirse como una forma histórica de apropiación del espacio y construcción de identidad. Por ello, resulta fundamental reconocer el valor cultural de los rótulos, preservar sus técnicas y promover su transmisión a nuevas generaciones, así como garantizar la permanencia de sus expresiones artísticas en el espacio público.
“El rótulo, más allá de su función publicitaria, es una expresión artística que conserva la memoria de los barrios, los oficios y la estética popular de la sociedad mexicana”
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