Cuenta la leyenda que Franciso, un niño común y corriente que realizaba sus actividades día con día, fue encomendado por parte de su escuela a sembrar un árbol. Siendo casualidad para la historia, Francisquito plantó un pequeño pirul al cual nombró “Pirulito”, mismo que plantó en las tierras del famoso Parque Hidalgo.
A lo largo de los días, Francisquito entabló una relación muy cercana con “Pirulito”, ya que, después de clase, sin falta alguna, iba al parque a regar, platicar y jugar con el árbol.
No obstante, trágicamente en uno de esos días Francisquito recibió la noticia del fallecimiento de sus padres, por lo que, desconsolado, él y su hermana pequeña recurrieron a “Pirulito”, y cuenta la historia, que el mismo árbol comenzó a hablarles y les ofreció sus ramas como si fuesen un hogar.

Fue hasta el día siguiente que sus cuerpos se encontraron unidos al tronco del pirul, y hasta el día de hoy, varios hidalguenses dicen que los niños en las altas horas de la madrugada se desprenden del árbol para jugar, y con ello, afirman haber escuchado las risas de los infantes por la noche.
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