Hay economías que se explican desde los grandes indicadores y hay países que se entienden mejor mirando sus calles. México pertenece a estos últimos. Basta recorrer cualquier colonia, barrio, comunidad o ciudad para encontrar el verdadero rostro de nuestra vida productiva: los negocios familiares. Son la expresión más cercana, humana y auténtica de la economía nacional. No son solo espacios donde participan padres, hijos, hermanos o esposos; son proyectos de vida que nacen de la confianza, crecen con trabajo compartido y se sostienen con valores, identidad y sentido de pertenencia.

Su relevancia es enorme. Entre 85% y 90% de las empresas en México son de índole familiar, aportan alrededor de 75% del PIB y generan más del 70% del empleo. Además, 90% de las micro, pequeñas y medianas empresas surgen de ámbitos familiares. Es decir, el país no solo se mueve por las grandes inversiones o por las decisiones macroeconómicas; también, y sobre todo, por millones de familias que abren una cortina todos los días.

La dimensión de esta realidad es contundente. En México existen 4.9 millones de MIPYMES, que representan 99.8% del total de las unidades económicas, aportan 52% del PIB y generan 68% del empleo total. En el sector terciario operan 4.3 millones de estas unidades, empleando a 37.9 millones de personas, equivalentes al 64.3% del total de ocupados. Más de la mitad está vinculada al comercio y casi 40% a servicios privados.

Sin embargo, detrás de esa fortaleza también hay fragilidad. La mitad de las MIPYMES no logra superar los dos años de vida y su esperanza de vida promedio es de apenas 8.4 años. No se trata de falta de voluntad, sino de barreras muy concretas: liquidez insuficiente, financiamiento limitado, mala administración, problemas entre socios y falta de planeación financiera. De hecho, 37% de los emprendedores no planifica sus finanzas.

La informalidad agrava el problema. Solo 33% de las MIPYMES son formales y 67% informales; en las microempresas la informalidad llega a 75%. Esto significa que millones de familias emprenden y sostienen la economía, pero lo hacen desde condiciones de alta vulnerabilidad.

A ello debe sumarse un tema decisivo: la sucesión. Un negocio familiar no solo hereda activos; hereda cultura de trabajo, liderazgo, visión y reputación. Cuando no existen reglas claras para el relevo generacional, el proyecto entero puede debilitarse.

Fortalecer a los negocios familiares es una tarea de interés público. Significa defender el empleo local, promover la formalidad, acompañar la profesionalización y reconocer que en esas empresas se juega una parte esencial de la cohesión social del país. Porque ahí donde una familia convierte su esfuerzo en empresa, México no solo produce: también resiste, se organiza y construye futuro.

¡EL UNIVERSAL HIDALGO ya está en WhatsApp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Google News

TEMAS RELACIONADOS