Durante mucho tiempo, hablar de igualdad entre mujeres y hombres se consideró un tema exclusivamente social. Hoy sabemos que también es un tema económico, productivo y estratégico. Diversos estudios de organismos internacionales, como la Organización Internacional del Trabajo, han demostrado que cuando las mujeres participan en condiciones de igualdad en la actividad económica, aumenta la productividad, mejora la toma de decisiones y se fortalece la estabilidad de las empresas y de los países.
México confirma esa realidad.
De acuerdo con el INEGI, en enero de 2026 las mujeres representaron el 40.9 % de la población ocupada, lo que equivale a más de 24 millones de mexicanas participando activamente en la economía. En el caso de las micro, pequeñas y medianas empresas, casi la mitad tiene presencia femenina en la propiedad: 47.35 % de los establecimientos con persona física pertenecen a una mujer y alrededor del 29 % de las empresas familiares son dirigidas o administradas por ellas. Estos datos muestran que el liderazgo femenino no es una tendencia emergente, sino un pilar real del sistema productivo nacional.
Sin embargo, también es cierto que persisten barreras.
Las mujeres participan ampliamente en sectores como comercio y servicios, pero su presencia disminuye conforme se avanza hacia los espacios de decisión. Este fenómeno, conocido como “techo de cristal”, ha sido documentado por especialistas en gobernanza corporativa y liderazgo, quienes coinciden en que no se trata de falta de talento, sino de obstáculos culturales, institucionales y estructurales que han tardado en transformarse.
Ante este escenario, el sector empresarial organizado no puede ser un observador pasivo.
Tiene la responsabilidad de impulsar cambios reales, medibles y permanentes.
En la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo, este compromiso se ha convertido en una política institucional. En la última década, la participación de mujeres en posiciones de liderazgo dentro de la organización se ha incrementado en más de 300 % entre 2016 y 2026, con presencia creciente en presidencias de cámara, consejerías nacionales y cargos directivos.
Hoy, 80 % del Comité Ejecutivo Nacional está integrado por mujeres empresarias y, por primera vez en 109 años de historia, la Confederación cuenta simultáneamente con vicepresidenta nacional, secretaria general, prosecretaria general y protesorera, lo que refleja una transformación profunda en la representación del sector terciario y confirma que la equidad se construye con hechos, no solo con discursos.
Romper el techo de cristal no significa desplazar a nadie.
Significa abrir espacios para que el talento pueda desarrollarse sin limitaciones. Significa construir organizaciones más justas, pero también más competitivas, más innovadoras y más cercanas a la realidad de millones de negocios familiares donde mujeres y hombres trabajan juntos todos los días.
La evidencia internacional es clara: las instituciones con mayor diversidad en la toma de decisiones son más resilientes y más eficientes. Pero, más allá de los indicadores, existe una razón fundamental: la igualdad es un principio de dignidad.
Hoy el desafío ya no es demostrar que las mujeres pueden liderar.
Eso está comprobado.
El verdadero reto es asegurar que ninguna mujer vuelva a encontrar un límite invisible que detenga su crecimiento.
Porque la equidad no es solo una causa social.
Es una condición necesaria para el desarrollo.
Y es, también, una de las claves para el futuro económico de México.
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