Davos 2026 dejó una lección contundente para quienes vivimos del comercio, la logística, la inversión y la actividad productiva: la economía global ya no se mueve solo por mercado, se mueve por poder. La geopolítica dejó de ser el contexto y se volvió el motor. Y cuando el poder define las reglas, el comercio se transforma: de intercambio, pasa a ser instrumento de presión, negociación y control estratégico.

Conviene entender qué es Davos. No es una reunión social ni una foto de temporada. Es el foro donde el capital global escucha, mide y decide. Es un espacio de grandes inversiones, donde se cierran conversaciones que pueden modificar cadenas de suministro, rutas logísticas, decisiones de manufactura, inversiones en infraestructura y estrategias de integración regional. Por eso, el mensaje que México lleve ahí no es un trámite: es parte del posicionamiento del país ante quienes deciden dónde producir, dónde invertir y desde dónde exportar.

En ese sentido, fue positivo y oportuno que México tuviera presencia institucional con visión de futuro. Alicia Bárcena, secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, y Altagracia Gómez, coordinadora del Consejo Asesor de Desarrollo Económico Regional y Relocalización, participaron con un mensaje claro: certidumbre, inversión productiva e infraestructura para aprovechar la relocalización de cadenas de valor (nearshoring), impulsar una transición sostenible y consolidar a México como socio confiable en un mundo más complejo. El mensaje fue estratégico: México no se resigna a observar la reconfiguración global; busca convertirla en oportunidad.

Pero Davos también reflejó la transición hacia un orden internacional más duro. Estados Unidos marcó el tono con una narrativa de competencia, presión comercial y “seguridad primero”, donde las tarifas, las revisiones de acuerdos y la soberanía económica se convierten en instrumentos de política exterior.

El mensaje fue contundente: la globalización ya no es una autopista abierta; es una carretera con casetas, controles y costos crecientes.

Europa, en contraste, defendió reglas, cooperación, inversión estratégica y unidad regional. China se mantiene como eje estructural de la industria y la tecnología mundial, y Ucrania recordó que, sin seguridad, no hay estabilidad económica posible.

En medio de estas posiciones, destacó una reflexión clave para el comercio internacional: el primer ministro de Canadá, Mark Carney, habló del papel de las “potencias intermedias”, países con peso económico real que pueden construir puentes, sostener reglas y evitar que la integración económica se convierta en coerción. Es una idea relevante: en un mundo de bloques, el comercio necesita equilibrio y certezas para no convertirse en confrontación permanente.

Esa lectura coincide con la perspectiva del autor Kevin Rudd, quien advierte que la rivalidad entre Estados Unidos y China ya es una competencia sistémica: no es coyuntural, es histórica; no es solo comercial, es de modelos y poder. Y cuando el comercio se vuelve un campo de disputa estratégica, los impactos son inevitables: más barreras, más controles, más requisitos y una creciente incertidumbre en cadenas de suministro.

Aquí entra una verdad que a veces se pierde entre los discursos globales: las potencias negocian desde arriba, pero las crisis se pagan desde abajo.

En México, abajo están los millones de negocios familiares que sostienen comunidades enteras y que dependen —directa o indirectamente— de un entorno estable para producir, vender, importar insumos o exportar bienes y servicios. Para ellos, la tormenta se refleja en la caja registradora: insumos más caros, volatilidad del tipo de cambio, logística incierta, financiamiento limitado, presión regulatoria y un consumidor que mide cada peso.

Aun así, ahí están. Sosteniendo el país con hechos: la tienda, el taller, el hotel local, la agencia de viajes, el comercio formal que abre la cortina todos los días. Empresas con nombre, con historia y con familia detrás. Negocios que no especulan: trabajan. Negocios que no migran capital: reinvierten en su comunidad.

Frente a este nuevo tablero mundial, México tiene que convertir el riesgo en oportunidad. Nearshoring, conectividad, servicios, digitalización e innovación deben traducirse en crecimiento territorial: más proveeduría local, más productividad, más capacitación y financiamiento útil. Porque el país no gana si la inversión llega, pero no integra; si hay anuncios, pero no hay derrama; si hay estrategia, pero no hay resultados.

Por eso, hoy se requiere unidad: sector empresarial unido y gobierno con visión de Estado. No es momento de fracturas internas cuando el mundo se fragmenta. La agenda es clara: fortalecer mercado interno, impulsar productividad, formalización accesible, capacitación digital y herramientas reales de competitividad.

Y aquí conviene decirlo con claridad, tomando una frase que ya es parte del debate público: “Por el bien de México, primero los pobres.” Coincidimos en el principio. Pero hoy es indispensable completarlo con una verdad económica y social: por el bien de México, primero los negocios familiares, porque son la base del empleo, del consumo y de la estabilidad territorial. Si queremos prosperidad compartida, debemos pensar en grande por los pequeños.

Davos puede trazar el mapa del conflicto. Pero el territorio define la economía real. Y ahí se decide lo esencial: proteger y fortalecer a los negocios familiares no es un gesto; es una estrategia nacional para competir en el nuevo comercio global.

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