Las decisiones que modifican la arquitectura de la cooperación internacional siempre revelan una tensión de fondo: el derecho legítimo de los Estados a definir su política exterior conforme a sus prioridades internas y, al mismo tiempo, la corresponsabilidad que implica reconocer que ciertos desafíos no conocen fronteras y exigen respuestas colectivas.

Esta dualidad está presente en la reciente decisión de Estados Unidos de retirarse de diversos organismos, convenciones y foros internacionales que considera contrarios a sus intereses nacionales. De acuerdo con información oficial, 66 organismos se verán afectados: 31 vinculados al sistema de Naciones Unidas y 35 pertenecientes a otros esquemas multilaterales, incluidos espacios de cooperación en energía, migración, medio ambiente y desarrollo.

Las organizaciones multilaterales no son estructuras perfectas. Arrastran críticas válidas relacionadas con burocracia, lentitud, falta de resultados tangibles o agendas poco claras. Sin embargo, también han sido plataformas donde se han construido acuerdos que han dado forma al orden económico y social contemporáneo: reglas para el comercio internacional, mecanismos de cooperación sanitaria ante pandemias, marcos para la protección ambiental y consensos mínimos en materia de derechos humanos.

El riesgo de abandonar estos espacios sin una estrategia paralela de reforma o reconstrucción es quedar al margen de decisiones que inciden directamente en la estabilidad económica, la seguridad y la gobernanza global. La ausencia no elimina los problemas ni las dinámicas internacionales; simplemente reduce la capacidad de influir en ellas.

Cooperar no implica renunciar a la crítica. Por el contrario, supone asumir la complejidad del diálogo, participar en procesos imperfectos y trabajar desde dentro para mejorar las estructuras existentes. La pregunta de fondo que plantea este retiro no es únicamente si la decisión es legítima, sino cómo renovar los mecanismos globales para que sean más eficientes, transparentes y representativos, sin perder la oportunidad de contribuir a soluciones compartidas.

La experiencia histórica demuestra que fenómenos como el cambio climático, las pandemias, la migración o la volatilidad económica requieren respuestas coordinadas. Salir del tablero multilateral sin una propuesta alternativa sólida puede generar vacíos difíciles de llenar y una mayor fragmentación del sistema internacional.

En este contexto, el verdadero desafío del siglo XXI no es elegir entre soberanía o cooperación, sino encontrar el equilibrio que permita defender los intereses nacionales mientras se construyen puentes renovados para enfrentar, juntos, los retos que el mundo comparte.

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