Desde hace meses, la tensión entre los gobiernos de Estados Unidos y Venezuela subía de tono, derivado de que el país de las barras y las estrellas aseguraba que el presidente Nicolás Maduro traficaba drogas a través de una sofisticada red internacional.
Acostumbrados a la política internacional de Trump, de constantes amenazas, pocos imaginaron que en un corto plazo buques norteamericanos se apostaran en mares del país latinoamericano, en formación de guerra, listos para iniciar hostilidades.
En ese momento, los amagos fueron reiterativos hasta que, la madrugada del sábado pasado, fuerzas especiales invadieron aquella nación para capturar al presidente Maduro y a su esposa, para llevarlos ante una corte en Nueva York.
Esta medida es inaceptable por cualquier lado que se mire y tiene consecuencias en la escena internacional. Por principio de cuentas, Estados Unidos retoma su política exterior intervencionista, violando el derecho internacional. No es la primera vez que ocurre algo similar; en múltiples ocasiones, aquella potencia utiliza la superioridad militar para generar hegemonía en la región. Sin embargo, son muy cuestionables las motivaciones que ahora dice tener.
Los supuestos delitos de narcotráfico son meramente una fachada para eliminar un régimen de corte socialista que desde hace 20 años domina en Venezuela. Aquel sistema que implementó Hugo Chávez en su momento y que (con buenas y/o malas formas) ha continuado Nicolás Maduro ha sido cuestionado por Norteamérica.
Para nadie era un secreto que resultaba incómoda la permanencia de Maduro para Trump; al menos en lo discursivo, los amagos fueron permanentes desde el inicio de la administración del empresario inmobiliario, elegido presidente en 2025 por segunda ocasión.
Esta invasión armada manda un fuerte mensaje para el mundo, donde aquello que no le resulte conveniente al gobierno de Trump podrá ser eliminado sin miramientos ni contemplación. También pone el dedo sobre los recursos naturales que necesita esa potencia y que está dispuesta a arrebatar a cualquier costo.
Una vez perpetrado el golpe, el presidente, que siempre está dispuesto a dar un show, salió en conferencia de medios con un posicionamiento poco claro sobre el destino de la nación sudamericana, pero en donde dejó claro que la administración del petróleo tendrá que ceñirse a los intereses de Estados Unidos. De tal suerte que aquel recurso no renovable fue el principal motor de esta operación.
¿Qué puede venir para Venezuela? Una reconfiguración política capaz de reconciliar los polos muy marcados que existen en ese país. Tendrá que conformarse un gobierno provisional que llame a elecciones para elegir a un mandatario.
De seguir bajo la misma posición ideológica, la inestabilidad no tendrá fin. Al régimen actual le conviene moderarse y asumir una visión de Estado, dejando los discursos incendiarios a un lado y tratando de recomponer a la nación.
Es decir, ambos mandos (la oposición y el gobierno maltrecho que queda) deberán hacer política para que ellos tomen las decisiones pertinentes. De lo contrario, el gran hermano (Estados Unidos) asumirá no solo un control comercial del petróleo, sino el control político, que está lejos de los intereses supremos de los venezolanos.
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