Los recientes acontecimientos relacionados con el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, generaron una infinidad de imágenes que tienen un impacto en la salud mental de las personas.

Sin ser especialista en la materia, quisiera compartir algunas reacciones desde el círculo más cercano, como es la familia, con quienes estaba compartiendo la tarde del domingo cuando ocurrieron los hechos referidos.

Diría en primera instancia que se genera una psicosis colectiva cuando alguien informa que existen bloqueos en carreteras por la presencia de vehículos incendiados. Acto seguido, los que estábamos en la mesa hicimos un recuento de familiares que acostumbran viajar para tratar de comunicarnos con ellos.

Una vez que se hizo aquel contacto, siguió un intercambio de imágenes que estaban fluyendo por redes sociales, en donde se testimoniaban varios focos de violencia en distintas entidades, incluyendo Hidalgo.

En ese momento ya había personas que se levantaron de la mesa para ir a casa y resguardarse. “Por cualquier cosa”, dijo una tía mayor antes de hacer una precipitada despedida. Al tiempo, una madre cuestionó la pertinencia de llevar a los hijos a la escuela, influenciada por el comunicado de las autoridades de la Secretaría de Educación Pública de suspender actividades en algunos municipios de la región Tula–Tepeji.

Antes de escribir estas líneas revisé algunos textos sobre el impacto de la violencia en la salud mental de víctimas directas, encontrando vínculos con desórdenes como el Trastorno Depresivo Persistente y la depresión.

Los libros dicen que los comportamientos derivados de estos trastornos se manifiestan en un estado de ánimo caracterizado por tristeza persistente, pérdida de interés (anhedonia) y baja energía, que afecta la vida cotidiana, aunque los resultados son mixtos y no siempre concluyentes.

Según la Encuesta Nacional de Niveles de Vida de los Hogares (ENNVIH) y datos de violencia de la base CIDE-PPD (institución dedicada a la investigación en políticas públicas), se afirma que la brutalidad de las ejecuciones y la cobertura mediática de la violencia afectan negativamente la salud mental de la población.

La militarización de la guerra contra las drogas también contribuye a la sensación de inseguridad. Además, los hallazgos sugieren que la violencia no solo proviene del crimen organizado, sino también de la respuesta gubernamental. Dicho material recomienda estudiar más a fondo el costo psicológico de la violencia relacionada con las drogas y considerar la implementación de políticas que protejan la salud mental de la población.

Regresando a los efectos más caseros, lo que se vivió en miles de familias mexicanas el pasado domingo fue una histeria colectiva por lo que pudiera desatar la detención del principal operador del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Al parecer, la lucha contra esos grupos gana terreno en cuanto a la incertidumbre de las reacciones que pueden venir en contra de la población civil. Hemos estado tan expuestos a contenidos de violencia que pocos descartan escenarios más complicados cuando ocurren detenciones o abatimientos de esta naturaleza.

Es urgente generar estrategias de comunicación que permitan tener información veraz y oportuna sin caer en los sensacionalismos que afectan la percepción de las personas (y la salud mental de algunos). Ojalá podamos encontrar la fórmula para guardar la proporción entre esos contenidos, sin menoscabo de la realidad que estamos viviendo.

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