Stephany Espinosa

Recordar es resistir

Stephany Espinosa
07/10/2026 |00:40
Stephany Espinosa
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Hay sociedades que recuerdan para celebrar y otras que necesitan recordar para sobrevivir. México pertenece, quizá, a ambas. Nuestra historia está llena de fechas convertidas en ceremonias, monumentos, nombres de calles y discursos oficiales; sin embargo, existe otra memoria menos cómoda: la que nace de las ausencias, de las injusticias y de las heridas que el Estado o la sociedad no han logrado cerrar. Ante ella, recordar deja de ser un simple ejercicio de evocación del pasado y adquiere un sentido profundamente político: recordar se convierte en una forma de resistencia.

La memoria permite establecer un vínculo entre aquello que ocurrió y las consecuencias que todavía permanecen. Por eso, frente a la injusticia social, el olvido nunca es neutral. Cuando una sociedad olvida a sus víctimas, también corre el riesgo de borrar las responsabilidades, normalizar la violencia y permitir que los hechos se repitan. La memoria, por el contrario, cuestiona, pregunta quién falta, qué ocurrió, quién fue responsable y por qué no hubo justicia.

México conoce muy bien el peso de esas preguntas. Desde las luchas obreras y campesinas hasta la represión de los movimientos sociales, desde Tlatelolco y la llamada Guerra Sucia hasta Ayotzinapa y la actual crisis de desapariciones que enfrenta muestro país; nuestra historia reciente posee numerosas heridas que aún exigen respuestas. No se trata de equiparar acontecimientos distintos, sino de reconocer un problema persistente: demasiadas veces las víctimas y sus familias han tenido que luchar no sólo contra la violencia, sino también contra el silencio, la indiferencia y el paso del tiempo.

En el caso de las personas desaparecidas, la memoria adquiere una dimensión todavía más dolorosa, ya que una desaparición pretende suspender a una persona entre la presencia y la ausencia, no existe una respuesta definitiva, pero tampoco existe la posibilidad de cerrar la historia.

Las madres buscadoras representan quizá una de las expresiones más contundentes de esta lucha contra el olvido. Han convertido palas, fotografías, nombres y consignas en instrumentos de memoria. Frente a instituciones que muchas veces resultan insuficientes, ellas recuerdan algo elemental: detrás de cada cifra existe una vida.

Los desaparecidos no son estadísticas ni números acumulados en informes, son hijos, hijas, padres, madres, hermanos, amigos y compañeros. Nombrarlos devuelve humanidad a aquello que la estadística puede volver abstracto.

La memoria también incomoda porque disputa la versión de quienes poseen el poder. El Estado no sólo tiene la obligación de buscar a quienes faltan, sino también de reconocerlos. Cada persona que queda fuera de un registro, cada cifra que se minimiza, se fragmenta o se vuelve invisible, profundiza la ausencia. Las estadísticas nunca son neutrales cuando detrás de ellas hay vidas: reconocer la magnitud de la violencia es el primer paso para enfrentarla. Un Estado que no cuenta a sus ausentes corre el riesgo de borrarlos dos veces: primero de la vida pública y después de la memoria.

“Un Estado que no cuenta a sus ausentes corre el riesgo de borrarlos dos veces: primero de la vida pública y después de la memoria” …

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