Stephany Espinosa

¿Quién decide lo que sabemos del pasado?

El oficio del historiador adquiere una dimensión crítica, nuestra labor no consiste solo en recopilar datos, sino en cuestionar las narrativas establecidas…

Stephany Espinosa
15/04/2026 |00:32
Stephany Espinosa
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Pensar la historia como una disciplina fundamental implica reconocer que el pasado no es un conjunto de fechas y nombres, sino un campo vivo de problemas que dialogan con el presente. La historia es un ciencia crítica que se teje en distintas temporalidades, para interpretar los distintos procesos históricos del devenir humano, que no solo explica lo que fuimos, sino que permite cuestionar lo que somos.

No obstante, el conocimiento sobre el pasado, en realidad expresa el resultado de múltiples decisiones: qué se conserva, qué se narra y qué se omite. La pregunta central no es solo qué ocurrió, sino quién tiene la autoridad para decirlo.

Durante siglos, el Estado ha ocupado un lugar privilegiado en esta tarea. Los gobiernos han promovido versiones oficiales que consolidan identidades nacionales, legitiman proyectos políticos y refuerzan ciertos valores. Los libros de texto, las efemérides y los discursos públicos configuran una memoria que parece natural, pero que responde a intereses concretos. No se trata de una conspiración constante, sino de una lógica de poder: toda autoridad busca estabilidad, y la historia ofrece un recurso eficaz para alcanzarla.

Las instituciones culturales, como museos, archivos y sistemas educativos, ocupan un lugar central en la definición de lo que una sociedad llega a conocer sobre su pasado. Lejos de ser espacios neutrales, operan como filtros que organizan la memoria colectiva a partir de decisiones específicas: qué objetos se resguardan, qué documentos se catalogan, qué relatos se exhiben y cuáles permanecen en reserva. En conjunto, estas instancias no solo difunden conocimiento, también lo jerarquizan y lo condicionan. Así, determinan qué historias adquieren visibilidad y cuáles quedan relegadas, estableciendo un marco desde el cual se aprende a mirar el pasado.

Este filtro no siempre resulta evidente, la ausencia de ciertas voces suele pasar desapercibida y se suele dar por hecho todo lo que se expone en los discursos oficiales.

Frente a este panorama, el oficio del historiador adquiere una dimensión crítica, nuestra labor no consiste solo en recopilar datos, sino en cuestionar las narrativas establecidas. El historiador analiza fuentes, contrasta versiones y detecta vacíos, es decir, efectuamos una vigilancia constante sobre los mecanismos de producción del conocimiento. La historia, en este sentido, se convierte en un ejercicio de sospecha.

Sin embargo, esta tarea no debe quedar restringida a un ámbito académico, la democratización del conocimiento histórico resulta fundamental. Cuando el acceso a las fuentes, a los archivos y a las interpretaciones se amplía, se abre la posibilidad de construir relatos más complejos y plurales. La historia deja de ser un patrimonio exclusivo de especialistas o instituciones y se transforma en un espacio de participación colectiva.

Preguntarse quién decide lo que sabemos del pasado implica reconocer que la historia es un campo en disputa. Cada relato refleja relaciones de poder, pero también abre la posibilidad de resistencia.

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