Durante buena parte de su historia, Pachuca fue una ciudad construida para el desplazamiento a pie. Desde su consolidación como centro minero en el siglo XVI y, con mayor intensidad, durante su auge en los siglos XVIII y XIX, la ciudad se organizó en función del cuerpo humano y de sus ritmos.
Pachuca creció siguiendo la lógica de la minería. Los tiros, haciendas de beneficio, barrios obreros y espacios de intercambio se asentaron de acuerdo con la topografía y la cercanía al trabajo, no a partir de una planeación geométrica. Las calles estrechas, las pendientes pronunciadas y los callejones irregulares fueron consecuencia directa de una ciudad que se expandía alrededor de las vetas y no de los vehículos.
El peatón no era un estorbo, caminar era parte del trabajo: El minero bajaba al tiro al amanecer y regresaba con la luz cayendo sobre los cerros; el comercio se movía a pie: cargadores, marchantas, voceadores, repartidores y mensajeros recorrían las calles. La ciudad funcionaba con cuerpos en movimiento, no con máquinas. El tiempo tenía otro peso…
Las calles eran extensiones de la vida social. Ahí se saludaba, se discutía política, se contaban chismes, se organizaban protestas y se celebraban triunfos. El espacio público no se atravesaba, se habitaba y la ciudad se organizaba alrededor de esa movilidad lenta.
El mercado, la plaza, la cantina y la iglesia no constituían espacios aislados, sino nodos de interacción cotidiana en los que la calle operaba como espacio social y no únicamente como vía de tránsito.
El caminar incluso moldeó la memoria. Muchas personas mayores aún recuerdan la ciudad por trayectos, no por direcciones: “de la mina al reloj”, “del mercado a la estación”, “del barrio al centro”. La geografía urbana se guardaba en las piernas.
Pero llegó el coche, y con él una nueva forma de entender la ciudad. El espacio comenzó a ordenarse para circular, no para convivir. La banqueta se redujo, la esquina se volvió peligrosa y la prisa se normalizó. Caminar pasó de ser lo común a ser un acto de resistencia cotidiana.
Hasta las primeras décadas del siglo XX, el automóvil comenzó a alterar de manera gradual esta estructura histórica. Su introducción no fue inmediata ni masiva, pero sí simbólica. A partir de los años veinte y treinta, la ciudad empezó a adaptarse lentamente a una movilidad pensada para el vehículo: se modificaron calles, se priorizó la circulación y el peatón perdió centralidad en el diseño urbano.
No fue solo un cambio técnico, sino cultural; la ciudad minera, comenzó a reorganizarse en función de la velocidad. El caminar, que por mucho tiempo había sido una práctica cotidiana y necesaria, pasó a ser visto como insuficiente o incómodo. Con ello, el espacio público dejó de ser principalmente un lugar de encuentro para convertirse en un espacio de tránsito.
Tal vez, en una ciudad hoy saturada de motores, recuperar esa memoria no sea un ejercicio de nostalgia, sino una pista histórica. Porque Pachuca fue, durante mucho tiempo, una ciudad hecha para caminar. Y en ese andar, se hizo comunidad, identidad y vida urbana.
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