Stephany Espinosa

La violencia y la cultura

Mirar la violencia desde la historia permite comprender que sus efectos no se limitan al ámbito de la seguridad

Stephany Espinosa
25/02/2026 |00:43
Stephany Espinosa
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En México, la violencia no es un episodio aislado ni una noticia de un solo día. Es un fenómeno histórico que ha acompañado, y muchas veces moldeado, la vida cultural, política y simbólica del país. Los hechos recientes que han sacudido a distintos estados del país, en medio de rumores, ajustes de poder criminal y asesinatos que dominan la conversación pública, vuelven a colocar en el centro una pregunta incómoda: ¿Cómo impacta la violencia en nuestro tejido cultural y en la manera en que nos pensamos como sociedad?

En el México contemporáneo, la expansión del crimen organizado y la multiplicación de actos violentos han producido un nuevo paisaje cultural. No se trata únicamente de cifras o de disputas territoriales. Se trata de cómo la violencia se infiltra en la vida diaria: modifica horarios, redefine espacios públicos, altera fiestas, costumbres y tradiciones, condiciona la movilidad, además de cambiar la manera en que se narran las historias locales. En muchas comunidades, la música, el arte urbano, el lenguaje popular y hasta el humor reflejan esta realidad.

Históricamente, la cultura mexicana ha respondido a la violencia con resiliencia y creatividad. En contextos adversos, las comunidades han fortalecido redes de solidaridad, han resignificado rituales y han utilizado el arte como forma de denuncia y memoria. Sin embargo, también existe el riesgo de la normalización. Cuando la violencia se vuelve paisaje cotidiano, se integra al lenguaje y a las expectativas sociales, puede erosionar la capacidad de indignación y la confianza colectiva.

El desafío actual es doble. Por un lado, reconocer que la violencia tiene raíces históricas profundas y que no puede entenderse sólo como un fenómeno reciente. Por otro, evitar que esa historicidad se convierta en justificación o en resignación. La historia nos muestra que las sociedades transforman sus contextos culturales incluso en medio del conflicto. Pero también nos advierte que la repetición de ciclos violentos puede desgastar el tejido social si no existen proyectos colectivos de reconstrucción.

En muchas regiones del país, las iniciativas culturales, educativas y comunitarias se han convertido en espacios de resistencia frente a la violencia. Talleres artísticos, danzas tradicionales, proyectos de memoria histórica y acciones comunitarias buscan recuperar el espacio público y fortalecer identidades locales. Estas prácticas no eliminan la violencia de inmediato, pero sí generan contrapesos simbólicos y sociales.

Mirar la violencia desde la historia permite comprender que sus efectos no se limitan al ámbito de la seguridad; impacta en la cultura, en la memoria y en la forma en que las comunidades se imaginan a sí mismas.

En tiempos de incertidumbre, recordar la dimensión histórica del problema puede ser un primer paso para evitar la naturalización. Porque la violencia, aunque persistente, nunca ha sido el único relato posible. La cultura , sigue siendo uno de los espacios donde la sociedad mexicana busca, una y otra vez, reconstruirse.

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