A cien años del Primer Congreso Feminista de Yucatán, celebrado del 13 al 16 de enero de 1916 y convocado en plena efervescencia revolucionaria, se vuelve evidente su importancia histórica: abrió un espacio inédito para que las mujeres debatieran sobre educación, derechos civiles, trabajo y sexualidad, y colocó en el centro una pregunta radical para su tiempo: ¿Qué significa la emancipación de las mujeres en una sociedad que se dice en transformación?

En el Yucatán de principios del siglo XX, marcado por el auge henequenero y por profundas desigualdades sociales, cientos de mujeres: amas de casa, maestras, obreras, e intelectuales, se reunieron para discutir públicamente lo que hasta entonces había sido confinado al ámbito privado. Hablaron de la educación laica, del derecho al voto, de la autonomía económica y del cuestionamiento al orden patriarcal.

No fue un evento homogéneo ni exento de tensiones: coexistieron posturas moderadas y otras abiertamente radicales. Pero precisamente ahí radica su potencia histórica: el congreso hizo visible que las mujeres no eran un bloque silencioso, sino sujetas políticas capaces de disentir, organizarse y proponer futuros distintos.

Ese gesto, tomar la palabra en un contexto adverso, tiene un profundo valor simbólico. En 1916, las mujeres no esperaron a que la Revolución les concediera derechos; los exigieron desde dentro, interpelando a un proceso revolucionario que, como tantos otros, corría el riesgo de olvidar a la mitad de la población. Su acción nos recuerda que las transformaciones sociales se disputan.

En este marco y para comprender la profundidad de esa herencia, es necesario mirar hacia una figura que, desde otro territorio y otro tiempo, volvió a encarnar la potencia revolucionaria: La comandanta Ramona, (quien hace unos días cumplió 20 años de no existir en este plano), apareció en la escena pública como una ruptura inesperada: mujer indígena tzotzil, hablante de una lengua originaria, tomó la palabra en un país acostumbrado a negar esas voces.

Su participación en el levantamiento zapatista de 1994 y su papel en la formulación de la Ley Revolucionaria de Mujeres marcaron un parteaguas en la historia de los movimientos sociales en México. Su presencia no solo acompañó una insurgencia armada, sino que transformó su significado, recordando que la revolución también se construye desde la dignidad cotidiana, desde el cuidado colectivo y desde la decisión de no aceptar más el silencio impuesto.

Introducir su historia aquí es reconocer que las luchas feministas y populares no se clausuran en una fecha, sino que se reactivan cada vez que una mujer convierte su existencia en un acto político.

En ese marco, el Primer Congreso Feminista de Yucatán y la figura de la comandanta Ramona dialogan más allá del tiempo y del contexto histórico: ambos encarnan la dimensión simbólica de la revolución como acto de ruptura y de creación. Hablar de estas dos experiencias en un mismo horizonte es afirmar que nombrarse, informarse, organizarse y desobedecer son formas profundas de revolución que abren grietas en el orden establecido.

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