Stephany Espinosa

La estética de la obsolencia

“La estética del pasado legitima un consumo desechable”…

Stephany Espinosa
04/02/2026 |00:22
Stephany Espinosa
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Existe una frase recurrente que atraviesa generaciones: “Las cosas ya no son como antes”. En el presente suele enunciarse como una queja casi nostálgica, pero encierra un problema histórico más profundo. Los objetos contemporáneos no solo duran menos; también expresan otra relación con el diseño, la ornamentación, la función y el tiempo. Esta transformación no resulta accidental, responde a una lógica económica y cultural que el capitalismo industrial y posindustrial consolidó a lo largo del siglo XX.

El minimalismo y el funcionalismo nacieron como respuestas críticas a la saturación ornamental del mundo moderno. En el ámbito del arte y del diseño, ambas corrientes apostaron por la reducción formal, la claridad estructural y la honestidad material. La premisa parecía ética: un objeto debía mostrar lo que era y servir a su función sin artificios. Una silla debía sostener el cuerpo, una casa debía proteger y ordenar la vida cotidiana… La forma seguía a la función como principio rector.

Durante sus primeras décadas, este ideal sostuvo una alianza con la durabilidad. Los materiales buscaban resistencia, los diseños privilegiaban la permanencia; la producción industrial aspiraba a estandarizar sin degradar. El objeto moderno prometía acompañar al usuario durante años, incluso décadas. En ese momento histórico, la simplicidad formal no equivalía a precariedad, sino a rigor.

Sin embargo, el capitalismo tardío alteró esa ecuación. La lógica de acumulación acelerada transformó el sentido del diseño funcional. El minimalismo dejó de operar como crítica y pasó a funcionar como estrategia de mercado. La eliminación de ornamentos redujo costos, simplificó procesos y facilitó la sustitución constante. El objeto ya no necesitó durar; solo debía circular.

Este desplazamiento resulta visible en ejemplos cotidianos. Los electrodomésticos actuales exhiben líneas limpias, colores neutros y superficies pulidas, pero incorporan componentes sellados que muchas veces impiden la reparación. Los teléfonos móviles presentan una vida útil breve y los muebles replican formas modernas clásicas, aunque emplean materiales ligeros que no resisten el paso del tiempo. La estética del pasado legitima un consumo desechable.

Desde la perspectiva del capitalismo, esta transformación no constituye un error sino una condición de funcionamiento. La obsolescencia programada asegura la continuidad del mercado, mientras que la simplicidad visual facilita la rápida identificación del objeto y su reemplazo simbólico. El usuario no conserva, actualiza.

El problema radica en que el discurso funcional persiste como justificación. Se habla de eficiencia, de optimización, de ligereza. No obstante, la función ya no se mide en duración ni en resistencia, sino en velocidad de consumo. El objeto cumple su cometido cuando genera una nueva necesidad.

Desde una lectura histórica, el contraste resulta evidente. Tal vez por eso la sensación de pérdida no se limita a la nostalgia. Las cosas ya no duran porque el sistema no las piensa para durar y en esa fractura se revela una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de sociedad construye objetos pensados para desaparecer?

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