Desde la cultura visual, una colección artística no se limita a resguardar imágenes, sino que opera como un depósito vivo de saberes, valores culturales y memoria colectiva. En ella, las obras no solo se conjuntan: se articulan, dialogan y producen sentido. Así, el patrimonio cultural no permanece estático, sino que se configura como un espacio dinámico donde una sociedad reconoce, transmite y reinterpreta aquello que considera significativo.

La iniciativa, presentada por Ghana ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, con el respaldo de los 55 países de la Unión Africana y otros países como Colombia, obtuvo el respaldo mayoritario de los Estados miembros, pese a la resistencia explícita de Estados Unidos y de varias naciones de la Unión Europea. El documento condena la esclavitud y la trata de personas, buscando un paso hacia la reparación histórica de los daños.

Durante siglos, la esclavitud transatlántica acaecida entre los siglos XVI y XIX, en la que millones de personas de origen africano fueron secuestradas y transportadas al continente americano para trabajar como esclavos, fue tratada como un episodio más dentro del largo catálogo de violencias humanas. Este sistema no solo implicó la explotación extrema de cuerpos, sino la cosificación radical de la vida humana: el paso de persona a mercancía. En ese tránsito, se configuró una economía-mundo que sostuvo el auge de Europa y la consolidación de potencias como Estados Unidos.

La resolución de la ONU insiste en la necesidad de medidas concretas: compensaciones económicas, acceso equitativo al desarrollo, reconocimiento de las diásporas africanas como sujetos históricos con derechos específicos. No obstante, está tiene un carácter no vinculante, lo cual significa que no impone obligaciones legales a los Estados ni contempla sanciones en caso de incumplimiento, pues las decisiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas funcionan más como orientaciones políticas que como mandatos jurídicos.

La esclavitud no terminó con su abolición legal en el siglo XIX, sus efectos estructurales persisten en las desigualdades globales, en las jerarquías raciales y en las formas contemporáneas de exclusión.

En este sentido, el gesto de la Asamblea General puede leerse como parte de un proceso más amplio de descolonización del saber histórico. No obstante, el reconocimiento plantea una paradoja. La ONU, como institución nacida tras la Segunda Guerra Mundial, ha construido su legitimidad sobre la promesa de un orden internacional basado en derechos. Sin embargo, muchos de sus Estados miembros acumulan historias de explotación que contradicen esa promesa. La resolución evidencia esa tensión: el derecho internacional se enfrenta a sus propios límites históricos.

¿Puede una comunidad internacional fundada sobre la desigualdad histórica producir justicia sin transformarse a sí misma? La historia enseña que los grandes cambios no comienzan con actos perfectos, sino con desplazamientos en la conciencia.

La resolución impulsada por Ghana representa uno de esos desplazamientos; no repara, pero nombra, no transforma de inmediato, pero obliga a pensar. En ese gesto, aparentemente frágil, reside su potencia histórica: convertir la memoria en una forma de interpelación ética que el presente ya no puede eludir.

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