Stephany Espinosa

Falacias cotidianas: la trampa del razonamiento

Stephany Espinosa
27/08/2025 |00:47
Stephany Espinosa
Ver perfil

Desde sus orígenes, la filosofía ha buscado esclarecer el pensamiento humano, no mediante respuestas absolutas, sino a través de herramientas que permitan razonar con claridad. En este horizonte, la lógica, (una de sus ramas fundamentales), permite distinguir los argumentos válidos de los inválidos, lo razonable de lo engañoso. Sin embargo, incluso dentro del ámbito filosófico, y con mayor frecuencia fuera de él, las falacias continúan apareciendo como errores frecuentes del pensamiento.

Una falacia es un tipo de error de razonamiento que parece válido, pero no lo es. Se utiliza con frecuencia, de forma consciente o no, para persuadir sin argumentos sólidos.

Las falacias no siempre surgen por ignorancia o malicia. A menudo se presentan como atajos mentales, recursos automáticos que el lenguaje y la emoción instalan con facilidad. Una falacia puede surgir en una conversación casual, en un debate político o en una publicación en redes sociales. Muchas veces no advertimos su presencia, porque se disfrazan con aparente lógica, apelan a nuestras creencias o provocan una reacción que eclipsa la razón.

Tomemos como ejemplo la falacia ad hominem. Esta forma de argumentación carece de valor, porque no afecta el contenido de lo dicho. No obstante, en la vida cotidiana, se acepta con frecuencia. Alguien propone una idea, y otro responde: “No se puede tomar en serio a alguien que no terminó la universidad”. Con ello, se desvía la atención del argumento, para centrarla en la biografía del emisor.

Otra falacia habitual es la apelación a la autoridad. Aunque el conocimiento especializado merece respeto, no debe considerarse infalible. Decir “esto debe ser cierto porque lo dijo un científico” no garantiza la verdad. El argumento siempre debe someterse a escrutinio, sin importar quién lo haya expresado, por lo que, el peso de un nombre o un título no debe reemplazar la fuerza del razonamiento.

En la vida política y mediática también proliferan las falacias. La falsa dicotomía, por ejemplo, plantea dos opciones extremas como si fuesen las únicas posibles. “O estás con nosotros o estás en contra”, lo cual, elimina la complejidad de los matices y niega la posibilidad de una tercera vía.

La pendiente resbaladiza representa otro caso interesante de falacia. Se afirma que permitir una acción conducirá inevitablemente a una cadena de eventos negativos. Así, se argumenta: “Si legalizamos esta práctica, en poco tiempo la sociedad perderá todos sus valores”. Esta predicción no se basa en hechos, sino en miedo. En filosofía, una conclusión exige evidencia. En la vida diaria, el temor suele bastar.

¿Por qué resulta importante reconocer las falacias?

Identificar una falacia, rechazarla o corregirla, representa un acto de resistencia frente al caos del discurso apresurado. Así, la lógica no solo ordena el pensamiento, también dignifica la palabra. Una sociedad que razona mal se expone con mayor facilidad a la manipulación, al prejuicio, al dogmatismo.

La filosofía no garantiza una vida justa, pero sí ofrece herramientas para examinar los argumentos antes de aceptarlos, lo cual nos permite tomar decisiones más razonadas y desarticular mecanismos de manipulación.

“Una falacia es un tipo de error de razonamiento que parece válido, pero no lo es. Se utiliza con frecuencia, de forma consciente o no, para persuadir sin argumentos sólidos”…

¡EL UNIVERSAL HIDALGO ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Te recomendamos