Hace unos días compré unos puerquitos de piloncillo a una señora en la calle. Mientras los guardaba, tomó uno más y lo colocó en la bolsa con absoluta naturalidad: "Llévese este de pilón", sonreí, agradecí el detalle y, casi de inmediato, recordé que hacía muchos años nadie me daba un “pilón”. Probablemente desde la infancia no experimentaba esa costumbre que, aunque todavía sobrevive en algunos mercados y comercios tradicionales, parece avanzar con paso firme hacia el olvido.
En México, el pilón nunca ha consistido únicamente un objeto adicional, representa una forma de cortesía, un gesto de reciprocidad y una manera de fortalecer el vínculo entre quien vende y quien compra. Su valor económico puede resultar mínimo, pero su valor simbólico alcanza dimensiones mucho mayores.
Aunque muchos consideran esta práctica una simple tradición popular, sus raíces se remontan a varios siglos atrás. Miguel Muñoz, en Tlacos y Pilones: Moneda del Pueblo de México, explica que durante el Virreinato los tlacos y los pilones constituyeron las expresiones mínimas del intercambio monetario cotidiano. El tlaco representaba la moneda de menor valor en circulación, mientras que el pilón equivalía aproximadamente a la mitad de un tlaco. Sin embargo, el pilón rara vez circulaba como una pieza física independiente, con frecuencia aparecía como un complemento que el comerciante entregaba al comprador para completar el valor de una transacción o, simplemente, como una muestra de buena voluntad.
En otras palabras, el pilón nació como una solución práctica dentro de una economía que enfrentaba dificultades para disponer de moneda fraccionaria suficiente. Sin embargo, con el paso del tiempo dejó de responder únicamente a una necesidad económica y adquirió un profundo significado simbólico-social.
El valor del pilón nunca residió en lo que costaba, sino en lo que representaba: una muestra de gratitud; este gesto convertía una simple compra en un acto de confianza y cercanía entre comerciante y cliente.
Sin embargo, el pilón parece extinguirse poco a poco. Las razones resultan diversas: La crisis económica reduce cada vez más los márgenes de ganancia para pequeños comerciantes que apenas logran sostener sus negocios, los costos de producción aumentan, los insumos se encarecen y cualquier producto adicional representa una pérdida que muchos ya no pueden absorber. También cambiaron las formas de consumo. Hoy predominan las compras rápidas, las aplicaciones móviles, el auto cobro y las entregas a domicilio. El contacto entre vendedor y comprador se reduce a unos cuantos segundos o incluso desaparece por completo.
Resulta paradójico que una costumbre nacida de la escasez desaparezca precisamente por otra forma de escasez. Ya no falta moneda fraccionaria, pero sí tiempo, confianza y posibilidad de construir relaciones duraderas entre quienes participan en el comercio cotidiano.
Aquel puerquito de piloncillo nos recuerda que existen tradiciones capaces de sobrevivir durante siglos gracias a un gesto tan sencillo como ofrecer un poco más de lo esperado y quizá, por eso su desaparición no solo implicaría perder una antigua costumbre comercial, sino también una pequeña forma de entender la convivencia entre las personas.
Únete a nuestro canal¡EL UNIVERSAL HIDALGO ya está en WhatsApp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.