Stephany Espinosa

Decolonialidad y futbol

Desde una mirada decolonial, el Mundial puede entenderse como un enorme escenario de representación simbólica…

Stephany Espinosa
15/07/2026 |10:38
Stephany Espinosa
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Cada cuatro años el Mundial parece confirmar la idea de que el deporte es un lenguaje universal y que, durante noventa minutos, las diferencias políticas, económicas y culturales parecen diluirse detrás de un balón. Sin embargo, esa imagen resulta engañosa, el futbol nunca ha estado separado de la historia. En la cancha también se representan viejas jerarquías, memorias nacionales y relaciones de poder que sobreviven mucho después de la desaparición de los imperios colonialistas.

No es casual que en este Mundial varias de las potencias que alguna vez dominaron vastos territorios coloniales, continúen ocupando un lugar privilegiado en el imaginario futbolístico. Del otro lado aparecen naciones que fueron colonias, protectorados o territorios sometidos, cuya presencia en la élite deportiva simboliza una lenta disputa por el reconocimiento internacional.

Desde una mirada decolonial, el Mundial puede entenderse como un enorme escenario de representación simbólica. No se trata de reproducir una confrontación entre buenos y malos ni de convertir cada partido en una revancha histórica. Sin embargo, resulta imposible ignorar que detrás de cada bandera existen procesos históricos que siguen moldeando la manera en que las naciones son percibidas.

Enrique Dussel advertía que la modernidad europea construyó su relato presentándose como el centro de la historia universal. Ese supuesto progreso tuvo una cara oculta: la colonialidad, es decir, la subordinación política, económica y cultural de pueblos enteros para sostener ese proyecto civilizatorio. Aunque los imperios coloniales desaparecieron formalmente, muchas de esas estructuras permanecen, la desigualdad global, los circuitos económicos y hasta las narrativas sobre quién representa el éxito continúan reproduciendo esa lógica.

La colonialidad es un concepto que describe cómo las estructuras de dominación, discriminación y jerarquías impuestas durante el colonialismo histórico (como el racismo, el eurocentrismo y el capitalismo) siguen vigentes hoy en día. Además, es una estructura de poder que establece qué conocimientos son legítimos, qué culturas son superiores y qué pueblos deben aspirar a parecerse a otros.

Guillermo Bonfil Batalla proponía distinguir entre el "México imaginario" y el "México profundo". El primero aspiraba a parecerse a Europa, el segundo conservaba la riqueza cultural de los pueblos originarios que, según su pensamiento, sostienen la verdadera diversidad nacional. Esa tensión también aparece durante el Mundial. Con frecuencia medimos nuestro desempeño utilizando parámetros ajenos, como si el reconocimiento internacional solo fuera posible mediante la validación de los antiguos centros de poder.

Quizá por eso las derrotas deportivas suelen transformarse en crisis nacionales. Más que perder un partido, parece que fracasamos frente a una vara de medir que nunca construimos nosotros, nos preguntamos cuándo alcanzaremos el nivel de las grandes potencias, pero rara vez cuestionamos por qué seguimos aceptando que ellas representan el modelo único de éxito.

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