Stephany Espinosa

Arte a la medida del capitalismo

La Met Gala no necesita desaparecer para ser cuestionada, pero sí requiere una revisión radical de sus fundamentos

Stephany Espinosa
06/05/2026 |00:26
Stephany Espinosa
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La Met Gala ha dejado de ser una simple noche de vestidos espectaculares para convertirse en un campo de disputa simbólica donde el arte, el poder y el dinero se entrelazan sin pudor. Bajo la temática de este año: “la moda es arte”, el evento insiste en legitimarse como un espacio cultural, casi museístico, cuando en realidad funciona como vitrina de una élite que consume estética mientras esquiva toda responsabilidad ética.

La historia del arte ofrece herramientas claras para desmontar esta narrativa. Desde el Renacimiento, el mecenazgo ha condicionado la producción artística, pero también ha permitido tensiones y críticas. Hoy, sin embargo, la relación entre patrocinio y creación parece haber perdido toda fricción. La presencia de figuras como Jeff Bezos y Lauren Sánchez como patrocinadores y copresidentes honorarios no resulta un gesto inocente. Representa la consolidación de un modelo donde el capital no solo financia el arte, sino que dicta sus condiciones simbólicas.

El problema no radica en la riqueza en sí misma, sino en su procedencia y en las estructuras que la sostienen. Bezos encarna una economía de acumulación que ha sido señalada por prácticas laborales cuestionables y por una expansión corporativa que redefine el consumo global. Sánchez, por su parte, se inserta en esa narrativa como figura mediática que capitaliza visibilidad y acceso. Su presencia en la Met Gala no celebra el arte; legitima un sistema que lo instrumentaliza.

Las protestas y llamados al boicot que surgieron frente a esta edición constituyen una respuesta crítica ante la apropiación del discurso artístico por parte de actores que operan desde lógicas extractivas. La moda, en su dimensión histórica, ha sido un lenguaje visual que expresa identidades, conflictos y transformaciones sociales; reducirla a espectáculo elitista implica vaciarla de contenido.

El código de vestimenta, que cada año se presenta como un ejercicio curatorial, funciona más como un simulacro de reflexión estética que como un diálogo real con la historia del arte. Se invocan referencias barrocas, renacentistas o modernas sin asumir sus contextos. Se citan formas sin comprender sus tensiones. La moda se disfraza de arte, pero evita el riesgo que define a toda práctica artística: la posibilidad de incomodar.

Mientras se celebra la diversidad estética, se consolidan redes de poder que determinan quién puede ser visto y quién permanece invisible.

La Met Gala no necesita desaparecer para ser cuestionada, pero sí requiere una revisión radical de sus fundamentos. El arte no puede reducirse a ornamento del poder y la moda no puede limitarse a espectáculo sin memoria.

“El arte no puede reducirse a ornamento del poder”.

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