América no es un país. América es un continente vasto, plural y multidiverso, atravesado por historias de conquista, resistencia y memoria. El recordatorio parece obvio, pero la historia muestra que lo evidente suele borrarse bajo el peso de los imperios.
Desde el siglo XVI, la palabra “América” se convirtió en botín simbólico. Nombrar significó dominar. El norte anglosajón tomó el nombre del continente para sí mismo y dejó al resto en la periferia del mapa y del relato.
El presente confirma que esa apropiación no ha desaparecido. Las tensiones geopolíticas, las intervenciones militares, las presiones económicas y las narrativas mediáticas revelan la persistencia de una lógica imperial. La expansión territorial de Estados Unidos en el siglo XIX, la doctrina Monroe: “América para los americanos”, las ocupaciones en el Caribe y Centroamérica, y las guerras del siglo XX construyeron una memoria continental marcada por la injerencia. Ese pasado no pertenece a los archivos muertos. Ese pasado actúa sobre el presente.
Frente a ese panorama, las epistemologías del sur, (de las que ya hemos hablado en este espacio), ofrecen herramientas críticas. Boaventura de Sousa Santos propone reconocer los saberes que nacen en los márgenes del sistema mundial. Su planteamiento cuestiona la idea de un conocimiento único y universal dictado desde el poder. América Latina, el Caribe y los pueblos originarios poseen formas propias de comprender la historia, la naturaleza y la comunidad. Esos saberes han sobrevivido a la colonización, a la modernidad excluyente y al mercado global.
Por su parte, Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina, plantea que la historia de América Latina ha estado marcada por el despojo sistemático de sus recursos y por la subordinación a potencias extranjeras desde la conquista europea hasta el capitalismo moderno.
La historia del continente no puede reducirse a una narrativa única. América incluye a las naciones indígenas que existían antes de la llegada europea, a los países que surgieron tras las independencias del siglo XIX, a las comunidades afrodescendientes que construyeron culturas propias en medio de la esclavitud y la diáspora, así como a los migrantes que cruzan fronteras en busca de vida digna.
América no cabe en una sola bandera ni en un solo idioma, es un continente entero, formado por decenas de países, pueblos y lenguas. Cuando el nombre del continente se usa como gentilicio exclusivo de una sola nación, se reduce la geografía y se invisibiliza a los demás. El lenguaje no es neutro: construye imaginarios y jerarquías.
La expansión política, económica y cultural de Estados Unidos ayudó a que “América” se asociara con ese país en medios y discursos, pero esa asociación no borra la existencia de las otras Américas.
Cuestionar ese uso no busca prohibir palabras, no obstante, nombrar con cuidado también es una forma de recuperar la memoria histórica contenida en el propio nombre del continente.
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