Esperar turno, pegarse a la ventanita y echar una moneda, entonces empieza el cuento, la función dura poquito, pero daba para platicar de ella hasta la casa.
Así se divertían muchos niños en las calles céntricas del Pachuca de los años sesenta. Unas maquinitas guardaban minimundos enteros: una carpintería, una cabaña y una mina. Solo podía mirar uno a la vez, de modo que nunca faltaba el reclamo: ¡Ándale, ya te tocó!
Aquellos tres autómatas antiguos todavía existen. Los hicieron los hermanos Mario y Zenón Herrera, vecinos de por la Palma, en las faldas del cerro, eran gente de barrio, de manos hábiles y mucha imaginación. Trabajaban la madera hasta darle rostro, movimiento y picardía.
Porque cada máquina es puro cuento.
En la carpintería, un ratón trae de encargo al carpintero, se asoma, lo provoca y se esconde antes de que le caiga el golpe, el hombre nunca le atina y entre los que esperan turno no falta quien diga, con toda seriedad: “Vamos a coger un ratón”. Los demás apenas disimulan la sonrisa.
Otra moneda y otra corretiza, el carpintero colérico y los muchachos aguantándose la risa, nadie quiere que atrape al ratón, porque ahí se acaba la diversión.
En la cabaña hay un pajarito pequeñísimo que canta, una escena sencilla, de esas que hacen acercarse un poco más para descubrir cómo algo tan chiquito puede tener tanta gracia.
Pero la mina guarda el cuento más inquietante.
Cuatro mineritos se reparten la faena entre el malacate, el pico, la perforadora neumática y el berbiquí. Una góndola cargada de mineral descansa sobre los rieles, alrededor hay vetas de plata, cuarzos brillantes de colores y una escalera roja, en un lugar especial está el Señor de Zelontla, imagen de Jesucristo venerada como patrono de los mineros de Real del Monte.
Los mineros tienen rasgos de duendes: ojos saltones, grandes narices, bigotes y caras que dan ganas de mirar despacio.
De pronto, por un ducto de ventilación subterránea, se asoma a pausas el diablo.
¡El condenado está en lo suyo!
La historia dice que, mientras más bajan los mineros, más cambian sus caras. Allá dentro, lejos del sol, toman aspecto de duendes. El diablo quiere transformarlos y sumarlos a su ejército infernal. Los quiere ver trabajar para él por toda la eternidad, sin descanso y sin salida.
No le basta guardar la plata en las entrañas de la tierra. También quiere quedarse con quienes se la sacan.
Pero esos hombres tienen que volver. En casa los espera la familia, hay un lugar para ellos en la mesa y alguien que pregunta por qué tardan tanto.
Por eso importa la imagen religiosa que acompaña el trabajo, en el cuento, su protección les permite salir de la mina al terminar la jornada. Con la luz del día recuperan sus rostros humanos y regresan a casa.
Una cosa es dejar el sudor en el trabajo y otra dejarle el alma al diablo.
Algo parecido cuenta Jinetes en el cielo, en la voz de Pedro Vargas. Un vaquero ve una manada fantasmal y unos jinetes que la persiguen sin alcanzarla, corren y corren. Nunca terminan. Entonces llega la advertencia: todavía está a tiempo de apartarse del mal para no acabar como ellos.
La canción y los mineritos dejan la misma espinita: hay que cuidar cómo se anda por la vida.
Porque al mal camino también se entra de poquito en poquito. Primero un paso, luego otro y, cuando uno acuerda, ya no encuentra por dónde salir. Con el diablo, más vale no hacer trato: primero ofrece la veta y luego quiere cobrar hasta el pico.
Estos cuentos lo dicen a su manera: haz el bien, cuida a los tuyos y procura volver a casa con la conciencia tranquila. Que puedas mirar a tu familia de frente.
Los hermanos Herrera pusieron todo eso en unas figuras de madera. Tallaron manos y rostros, dieron forma a las herramientas y acomodaron mecanismos que quienes los conocieron recuerdan como engranes de reloj, también de madera. Zenón llevaba incluso un autómata minero en la hebilla del cinturón, de unos diez por siete centímetros. ¡Una mina en la cintura!
Las tres piezas siguen aquí y basta nombrar al ratón, al pajarito o a los mineritos para que alguien del barrio empiece a contar.
Eso dejaron Mario y Zenón Herrera: cuentos que caben en una caja y recuerdos que duran toda la vida.
El diablo se asoma, los mineros tienen que volver a casa y todavía parece escucharse detrás de la ventanita:
“Ándale, ahora déjame ver a mí”.
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