Ayer pasó algo de esos eventos que uno termina y piensa: “sí valió la pena todo el esfuerzo”.
Y vaya que valió la pena.
Lo que comenzó como la organización de un encuentro académico e institucional terminó convirtiéndose en una verdadera reunión nacional. Más de 2 mil 500 personas conectadas y representantes de más de 20 estados de la República hicieron de esta jornada algo mucho más grande de lo que se había imaginado.
Hidalgo, Ciudad de México, Guerrero, Durango, Aguascalientes, Guanajuato, Sonora, Baja California, Puebla, Querétaro y muchos otros estados estuvieron presentes. Cada conexión representaba a alguien que, desde su trinchera, decidió dedicar unas horas a escuchar, aprender, reflexionar y hablar de algo que nos compete a todos: la responsabilidad en el servicio público.
Y ahí estuvo precisamente lo bonito.
Porque detrás de las cifras, de las pantallas y de las instituciones, había personas.
Personas convencidas de que hablar de responsabilidades administrativas, de combate a la corrupción, de fiscalización y de justicia no debe quedarse en el discurso. Que necesitamos servidores públicos mejor preparados, instituciones más sólidas y, sobre todo, una cultura donde hacer bien las cosas no sea la excepción, sino la regla.
La jornada tuvo de todo: ponencias magistrales, reflexión, diálogo, reconocimiento al talento y, por supuesto, emoción.
Fue especialmente significativo escuchar distintas voces desde diferentes ámbitos. La justicia, la contaduría pública y la fiscalización superior sentados alrededor de una misma conversación. Se juntaron tres pensamientos: el TSJA, la contaduría pública y la fiscalización, con sus tres representantes, cada uno aportando desde su experiencia, desde su responsabilidad y desde su visión institucional. Diferentes trayectorias, pero una coincidencia clara: la construcción de un servicio público más profesional, transparente y comprometido.
Y después llegaron esos momentos que hacen que todo el trabajo previo tenga sentido.
La entrega de reconocimientos a quienes participaron y aportaron sus conocimientos. El aplauso para quienes estuvieron al frente de las ponencias. Las fotografías, los saludos, los abrazos y esa sensación de que, detrás de cada nombre que aparecía en el programa, había muchas horas de trabajo.
Pero hubo un momento particularmente especial: la premiación nacional del Parlamento Juvenil en Combate a la Corrupción.
Ahí la emoción fue distinta.
Porque cuando uno ve a jóvenes levantar la voz, escribir, investigar y atreverse a plantear cómo quieren que sean las instituciones de nuestro país, inevitablemente aparece una palabra: esperanza.
Y quizá eso fue lo más valioso de toda la jornada.
Que mientras hablábamos de responsabilidades administrativas, sistemas anticorrupción, fiscalización y rendición de cuentas, también estábamos hablando del futuro.
Un futuro que no se construye únicamente desde los escritorios de las instituciones. Se construye también desde las universidades, desde las aulas, desde los colegios profesionales y desde los jóvenes que hoy comienzan a preguntarse qué país quieren recibir y qué país están dispuestos a construir.
Ayer, Hidalgo volvió a ser punto de encuentro.
Y no fue solamente por la cantidad de personas conectadas. Fue porque logramos que una conversación que muchas veces parece técnica, jurídica o reservada para especialistas se convirtiera en un espacio de encuentro nacional.
Más de 2 mil 500 personas estuvieron ahí.
Más de 20 estados dijeron presente.
Y detrás de cada conexión hubo una idea sencilla, pero poderosa: el servicio público puede y debe hacerse mejor.
Al final, cuando se apagaron las cámaras y terminó la transmisión, quedó esa satisfacción que solamente dejan los proyectos que se hacen con ganas, con equipo y con convicción.
Porque organizar un evento puede ser cuestión de logística.
Pero lograr que miles de personas se conecten, que especialistas compartan conocimiento, que instituciones dialoguen y que jóvenes sean reconocidos por levantar la voz contra la corrupción, eso ya es otra cosa.
Eso es construir comunidad.
Y ayer, sin duda, la construimos entre todos.
Qué bonito cuando el trabajo de muchas personas termina convirtiéndose en una jornada que se queda en la memoria.
Ayer fue uno de esos días.
Y sí: estuvo 10 de 10.
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